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Columnistas

De leches y lecherías

opinion

Ayer

En los albores del siglo pasado, existieron en Guatemala varias lecherías de fama ubicadas en las afueras de la ciudad, en la dirección de los pueblos de Pinula o en los alrededores del Cerro del Carmen, donde abundaban los potreros y pastizales verdes para el forraje de los animales. Una de estas lecherías fue la de la finca de los Whitbeck, hoy urbanización San Rafael, en Carretera a El Salvador, en honor al nombre de la antañona hacienda lechera allí ubicada.

Estaba también la lechería de la finca Elgin, propiedad de las señoritas Klee, en tiempos en que la zona 13 y 14 eran parajes verdes en donde pastaban semovientes y caballos.

Fueron también de fama en la ciudad, los productos lácteos que venían desde La Antigua, de la finca Carmona, y si de mantequilla pura se trataba, la mejor del condado fue por años la mantequilla San Luis, de venta en la 10a. calle y 3a. avenida de la zona 1, en donde colgaba de la pared, una vaquita negra de manchas blancas. Tempranito en la mañana, bajaban de las fincas lecheras, las carretelas tiradas por caballos a repartir de casa en casa la leche fresca, recién ordeñada a la clientela bebedora de leche. El mozo de sombrero que guiaba la carretela se aparcaba enfrente de la casa de habitación, en donde por lo general habían niños, principales consumidores del líquido perlático, en tiempos en que las fórmulas en polvo o la leche evaporada en lata aún no estaba disponible en el mercado. El mozo se quitaba el sombrero de paja, se secaba el sudor con un pañuelo rojo que llevaba en el bolsillo del pantalón raído o bien con la mano. Abría el compartimiento trasero del carromato y aparecían a la vista unos grandes tambos de latón , algunos con tapadera, otros con mantas para evitar las moscas. Un ton toron ton ton, del tocador de manita de la puerta de calle anunciaba muy temprano en la mañana, antes de las seis, la llegada del lechero. De la casa salía una señora con delantal de cuadritos azul y blanco, largo, casi hasta el tobillo, con una olla grande y profunda, quien pedía tantos vasos de leche fresca como quisiera aquella mañana. Leche que iba directo al fogón del poyo, a pasar los siete hervores de ley, para el biberón del pequeño, el café o para postre del día, dulce de leche servido en plato hondo para comer por cucharadas endulzando hasta el galío.

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