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Columnistas

La sastrería de don Victor

opinion

SOBREMESA

A la vuelta del Callejón, sobre la Tercera Avenida, estaba la sastrería del maestro Víctor Castillo, El traje del día, para la dama y el caballero que desea vestir elegante y a la moda, rezaba la publicidad escrita en letra robusta en la pared exterior del negocio. La pieza era pequeña, con puerta amplia y ventana con balcón a la calle, muy bien iluminada durante las horas de la mañana, indispensable para esta ancestral profesión.

Las paredes exteriores de la sastrería estaban recubiertas con lámina de metal gris, en donde un artista de brocha gorda había estampado una bellísima escena: un caballero de traje oscuro completo de corbata y una dama de traje sastre formal de dos piezas, falda tubular hasta las rodillas, personajes extraños que no daban la impresión de conocerse ni siquiera con la mirada, dentro de un paisaje caluroso de palmeras, cocotales y suave brisa marina.

Aquellos modelos publicitarios, inspirados en el catrín y la dama de los cartones de la lotería de feria, ganaron por muchos años mi atención infantil: el bigotito ralo del caballero, el pañuelo puntiagudo adornándole el bolsillo superior del traje, sus pantalones ajustados como de trapecista de circo, y lo mejor, su calzado impecable, de zapatos muy limpios y lustrosos, acharolados en negro, en los que el pintor popular se había esmerado repasándolos con varias capas de pintura negra de aceite para que nunca perdieran el brillo.

La dama de la escena de palmeras era mi predilecta. Cabello ondulado y rojizo, rematado por un sombrero en forma de guacal y velito, con cartera de sobre debajo del brazo, zapatos de tacón de aguja y guantes color verde perico, para hacerle juego al raje, accesorio que para entonces ya había desaparecido del ropero femenino por inútil.

Don Víctor era un hombre reservado, de pocas palabras. Pequeño de estatura. Su cabello era crespo y sus modales refinados. Hablaba quedito y entre dientes, como para no ofender y siempre me pareció que en sus horas libres, cuando regresaba de la sastrería, cambiaría su vestimenta por un kimono de seda azul y hablaría con su esposa en mandarín, por su aspecto de chino o de gato, por sus ojos pequeños y rasgados, y porque a mi entender y desquicio infantil, solo le faltaba maullar.

En la tarde, de regreso del colegio, pasaba frente a la ventana siempre abierta de El traje del día y detenía mi paso para observar desde afuera y por metiche lo que sucedía adentro. Por lo general, encontraba a don Víctor en plena acción sastreril: la pieza de casimir de lana, gris oscuro de rayitas blancas extendido sobre la superficie de madera de la mesa de trabajo, y sobre la tela, pegadas con alfileres filosos, como si se tratara de un enorme rompecabezas, las piezas del molde de un traje de caballero.

Recuerdo la escena, don Víctor con el metro alrededor del cuello y en su mano derecha, una tiza rectangular copiando con trazo fino las formas del patrón de cartón. Luego, aparecían las tijeronas negras y filosas. La mano tensa sobre la mesa, sin parpadear o zigzaguear ni un instante, comenzaba la tarea de cortar lo que serían las mangas, las piernas, la contra pierna, las hombreras y solapas del atuendo masculinos. Ya de tarde, una luz blanca de tubos de neón alumbraba la mesa de trabajo, develando a los mirones los haberes del recinto: una antigua máquina Singer de pedal, una silla con respaldo de cojín, un espejo cuadrado de cuerpo completo colgado a la pared y un pequeño biombo hecho de tela raída, en donde el cliente, generalmente de sexo masculino, se despojaba de su ropa de calle para probarse el traje que don Víctor le estaba cosiendo por pedido y a la medida.

Continuará

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