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Columnistas

Luis Schlesinger Carrera

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SOBREMESA

Durante estos últimos meses, se me ha aparecido la figura anciana de mi padre: saco de corte trasnochado color tepocate, camisa manga larga, cuello firme de impecable blanco y corbata, siempre encorbatado y de porte formal.

 Impresionaban sus ojos azules, ávidos y serenos a pesar de los tiempos, de la edad y la presunción de su muerte, la cual intuyó con precisión kantiana.

En esas extrañas latitudes del recuerdo, se me aparece caminando por la casa, con su lentes bifocales de moldura cuadrada de carey, como las que están ahora de moda, y con los mismos zapatos de siempre, los que muchas veces reparó con goma epóxica, no por tacañería, sino por convicción y coherencia con una forma de vida austera, casi monástica, en donde los afanes y metas estaban por encima de la vulgaridad de amasar fortuna, ganar prebendas o el simple hecho de tener o acumular. Su vida estuvo cifraba en los valores de siempre, en servir a Guatemala a su familia y al Dios católico como creyente que fue.

En estos tiempos de crisis y tormentas feroces por las que atraviesa la patria, aparece la imagen de Luis, mi padre, repitiéndonos algunas de sus letanías insignes: “En la vida”, nos dijo muchas veces, “no es hacer lo que se quiere, sino lo que se debe”, postulado que cumplió como soldado hasta la muerte.

Conservo en la memoria pasajes de su vida ejemplar, en especial una escena cuando mi padre frisaría ya los ochenta y pico de años. Es la una de la tarde y estamos sentados a la mesa a punto de iniciar el ritual del almuerzo: sopa caldosa de verduras hirviente dispuesta en la sopera, el salsero con la salsa de chiltepe fresco, servilletas enyuquilladas en cada puesto y el col repleto de tortillas.

Tres toquidos fuertes alertan a la empleada de casa que alguien llama a la puerta, y en cuestión de minutos, le comunican a mi padre que se trata de un desvalido que le pide ayuda, además de un bocadillo para llenarse el hambre del estómago de un día y medio de ayuno.

Mi padre escucha el aviso detenidamente y se levanta de la mesa patriarcal. Pide que le traigan la carne, los vegetales y el arroz que se servirán en el almuerzo. Toma un plato y cubiertos y dos bananos que a su entender serán el postre. Le sirve el almuerzo caliente y lo empaca con delicadeza. Toma del canasto de la mesa un rimerito de tortillas y lo coloca en el fuego del tostador para que al comensal de la calle las coma calientes y mullidas, como debe de ser.

Recuerdo bien la escena porque se repitió varias veces durante mi infancia en horas de almuerzo y cena, pues a casa llegaban a una pléyade de menesterosos a tocar a la puerta en busca del amparo y de la solidaridad de mi padre, quien siempre se las deparó como pudo.

En escena familiar de almuerzo interrumpido, venía el reclamo puntual de mi madre por romper el orden y la rutinas de mesa o descabalar la comida, “porque habían horas sagradas, Luis…”, mientras mi padre seguía en sus asuntos de preparar la vianda y hacía oídos sordos a las réplicas, mientras le preparaba al peregrino, un almuerzo digno y caliente, “como si se tratara de ti”, me decía, señalándome con el dedo “o el más importante de los invitados”, quien para él, y su entender cristiano, no podía ser otro que el mismísimo Jesucristo.

Mi padre interrumpía su almuerzo y entregaba personalmente la comida al menesteroso, mientras nosotros en completo silencio, agachábamos la mirada en el sopero repleto de sopa que teníamos enfrente y continuábamos tomándonos por cucharadas, la crema espesa y tufosa de coliflor, recibiendo para el futuro, la mejor de las lecciones, la que se sustenta con el ejemplo y el amor de la caridad.

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