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Columnistas

The living years

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Era una de esas emisoras súper fresas, a saber cuál; oír radio no es lo mío. Parloteaba una locutora de voz ronca, trasnochada, cavernosa. Cautivante. Tal vez por eso le puse coco.

Comentaba una canción que tenía –fácil– veinte años de permanecer engavetada en el cajón de mis olvidos. Sentí entonces ese vaporcito arrullador que aparece cada vez que la seductiva nostalgia te retrotrae de un sopetón, barriendo como si nada con densos cúmulos de polvo y telarañas.

Volví, entonces, en el tiempo y capté otra vez aquel sonido, entre metálico y vidrioso, de los teclados Yamaha DX7, prácticamente ubicuos en la era synth-pop. The living years, de Mike + The Mechanics. Finales de 1988. Estética fría. Texturas plásticas, relucientes, apetecibles como el pellejo de una guinda. Peinados húmedos. Tacuches guangochos, a lo Miami Vice.

Detrás de todo ese artificio palpita el corazón de una balada soberbia que bien hubiera podido alcanzar cimas de himno gospel. La acometida del vocalista, P. Carrack, sin duda apuntaba en esa dirección… pero el soul, ya se sabe, requiere germen, necesita sudar, se marchita de asfixia entre capas de maquillaje y ductos de aire acondicionado.

Así entonces, los coros resuenan, ¿cómo decirlo?, blancos, tersos, lívidos, casi virginales, y si la pieza consigue elevarse del suelo y rozar las alturas es sólo gracias al experimentado M. Rutherford: la cadencia de ese riff, sutil pero definitivo, es la columna vertebral que sostiene todo lo demás.

Foto : Mike Rutherford + The Mechanics.

Foto : Mike Rutherford + The Mechanics.

La letra, en cambio, sí que tenía alas para volar alto, con su certera premisa inicial (“Cada generación culpa a la anterior”) y un sermón que nos lleva atrás y adelante en el tiempo –el pasado en el padre que acaba de morir, el futuro en el hijo recién nacido– exhortándonos a reparar en la tenue finitud de la existencia y cobrar perspectiva de lo ya vivido y de lo aún por vivir. En suma, todo eso que los tratantes de la moral llaman “Mensaje”.

Pero la locutora de la voz cautivante dispuso –¡hay que ser canalla!– una narrativa distinta y se sacó de la manga aquel rollo manido y chato, profundamente reaccionario, hediondo a cursillo para gerentes, según el cual no hay que ver atrás sino enfocarse en el porvenir y tomar cada uno las riendas de un albedrío huérfano, esterilizado, unilateral, sin más fronteras que la más absoluta individualidad.

¿El otro? ¿La otra? Nociones ajenas y, por lo tanto, prescindibles. ¿La Historia y sus vectores? Estorbos para el Desarrollo Personal.

 No es para menos –pensé para mis adentros– que a algunos les dé por percibir conspiraciones hasta en la música que ponen en la radio.

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