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Nadar

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Cuando vivía en Atitlán no nadaba tanto como lo hago ahora. Sumergirse en ese lago profundo y ver el barranco oscuro que se abre bajo los pies, da miedo. Y asco ver los hilos verdes de las cianobacterias o sentir las algas “agarrarte” un pie.

Antes no era así, hubo un tiempo en que nadar en las aguas cristalinas de Atitlán era una delicia, una caricia para la piel.

Decía que cuando viví en Atitlán nadaba poco. Ahora, no hay día de la semana en que no sueñe ni desee quitarme la ropa y zambullirme en el agua. Descubrí en La Antigua Guatemala unas piscinas que tienen el cursi nombre de “El Paraíso Azul”. Y son, un pequeño paraíso en medio de una montaña consumida por la industria extractiva de material de construcción. El agua de esas piscinas es de montaña, fría, casi helada pero limpísima y sin cloro. Es una delicia a la que intento ir todos los días.

Ahí en las piscinas del Pilar (como también se conocen) yo nado. Nado y nado. De un lado para el otro de la piscina. Es el único ejercicio que me gusta hacer; nadar. Será por su parecido a la nada. Me gusta empujarme con los pies y la pared y como un resorte horizontal sentir que vuelo. Nadar es como volar pero en mojado. Cuando nado me da por pensar y pensar, e imaginarme cosas. Cuando voy así impulsada, siento que soy un espermatozoide en camino a la concepción, impulsada por una fuerza primitiva nadando hacia la victoria. En otros momentos, imagino que soy una tortuga bebé buscando la carretera interoceánica que salvará mi vida. También me pienso como una gran ballena desplazándome por el océano. Y siento tristeza cuando imagino que moriré con la panza llena de bolsas plásticas. Y sigo nadando. A veces cuando tengo prisa y solo pienso en nadar rápido para regresar a trabajar, me siento cómo el bebé de la portada de Nevermind de Nirvana, nadando por un dólar.

De alguna manera, siento que nadar me regresa a los orígenes. En el agua me siento bien y cómoda. Soy feliz. Mi peso cambia, siento que mi volumen también. Adquiero la capacidad de hacer acrobacias, de desplazarme suavemente sin cansarme, sin esfuerzo. Quizá, regreso artificialmente al vientre materno, a la vida acuosa y líquida. Ahí donde el sonido se rompe y la luz se dispersa, mi vista se divierte con la refracción. Abajo, en el mundo subacuático cualquier cosa puede pasar. Recuerdo y comprendo que existen otras dimensiones y mi mente vuela.

La otra vez, Ana Carlos me decía que la gente que no cuida el agua es porque nunca nadó desnuda en algún río o lago. Pobres aquellos que se han perdido de esa exquisita sensación de dejarse besar por el agua y de ser parte de la naturaleza. ¿Alguna vez has sentido un minúsculo pececito chupándote los puntos negros de la piel? ¿Haz flotado una noche de luna llena en Atitlán, Peten Itzá o en las Lagunas de Sepalau? ¿Han visto reflejarse las estrellas en el agua calmada de un lago?

Si respondiste que no a alguna de las preguntas anteriores, ahí te queda una tarea, antes de que sea demasiado tarde y no haya dónde hacerlo.

@liberalucha

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