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Regaladota

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EL BOBO DE LA CAJA

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A veces pienso en Guatemala como una chava y la vislumbro impresionable y fácil de engatusar; de cuna pobre, cascos ligeros y breve memoria (qué le vamos a hacer, la inteligencia escasea entre sus atributos… y algunos la prefieren así), tal vez no muy agraciada de rostro pero sí bien dotada de curvas y bultos: de aquellas cuyo cofre providencial de delicias guarecidas entre las piernas ha sido, desde siempre, motivo para que vecinos –y familiares incluso– se atiborren mil veces con ella.

Con el paso de los años, y quién sabe a cuenta de qué tortuoso motivo (la autoestima por los suelos, quizá), nuestra amiga pareciera hoy disfrutar los vejámenes y hasta propiciarlos, regaladota que es, cuando se presenta lo que ella considera “una buena ocasión”. Está sobada del coco.

No es raro verla luciéndose emperifollada toda, jacarandosa, pichoncita de barranco dispuesta a dejarse raptar, una vez más, por el gallo más gallo del corral: el típico granuja con ropas de catrín, apurado en penetrar sus humedales a lo bestia, sin una pizca de respeto.

2

Basta de alegorías. Cuando digo vecinos me refiero, por ejemplo, y sin ir muy lejos, a Estados Unidos. Ellos financiaron el conflicto armado y estuvieron al tanto de cómo, en los 80s, nuestro glorioso Ejército acostumbraba meter (cito) a “presuntos guerrilleros” en aviones para irlos a tirar –algunos ya muertos, otros todavía vivos– al mar, lo cual les permitía “borrar evidencia de prisioneros torturados o asesinados”, según reporte de la Defense Intelligence Agency.

Tres décadas después resulta que los gringos quieren echar una mano con el fortalecimiento de la justicia y el combate a la corrupción. Así, con labia, se lo dice el granuja a nuestra amiga y a dos de sus hermanas, endulzándoles el oído. Tienen nombre las ropas del catrín: Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte.

 El interés de fondo es mitigar el flujo de indocumentados e incidir en lo político y en lo jurídico para que aleros y socios continúen sirviéndose de los recursos del país con la cuchara grande, consolidando el negocio de los monocultivos y dando impulso definitivo a las industrias extractivas.

¿Guatemala? De cuclillas, con el calzón a media asta, ofreciendo las nalgas, tan regaladota ella, bramando de anhelo: “¡Dale, enchúfame!”.

 Pero hay un cómplice en este nexo siniestro, la necesaria contraparte local. Cuando digo familiares me refiero a la élite económica, sumergida hasta el cuello en el saqueo de recursos y en la instrumentalización de un Estado del que vienen sirviéndose desde que ellos mismos lo fundaron en 1821.

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