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Del agua

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Escribo esta columna desde un café Internet en Panajachel, Sololá, mientras en el mundo se conmemora el día internacional del agua. Atravesé el lago Atitlán en lancha y vi una vez más, el azul intenso de este lago hermoso. Digo azul, pero también es verde. Si me detengo un momento a ver el agua, puedo ver pequeños hilos verdosos de cianobacteria. La contaminación en el manto de agua de Atitlán es evidente. Contaminación que va más allá del feo plástico de las botellas de agua pura y de los empaques de chucherías. Contaminación invisible pero peligrosa que afecta y afectará la salud de los habitantes de las orillas del lago. Una mujer lava su ropa desde la orilla. Sería fácil echarle la culpa a ella de las burbujas de jabón que pululan a su alrededor. Pero eso sería quedarse en lo evidente, una solución demasiado fácil; decir que se debe a la falta de educación de quienes lavan en el lago.

Pero sé que de muchos de los grandes hoteles que se encuentran en Atitlán salen tubos llenos de mierda y aguas residuales que van directo al lago. Esa contaminación es invisible para nuestros ojos pero es enorme y nefasta. Todos los días se lavan cientos y cientos de toallas y manteles de hotelería y las aguas llenas de jabón también van a parar al lago. Solo que como eso no lo vemos, no lo criticamos. Y como no sabemos el nombre de los grandes empresarios que se aprovechan de las legislaciones raquíticas de nuestro país, tampoco es fácil ponerlos en evidencia. El 90 por ciento de las construcciones ubicadas en las márgenes del lago no tiene fosa séptica ni de tratamiento de aguas. Tampoco vemos toda la contaminación que cae de las laderas cuando llueve y que arrastra fertilizantes, insecticidas y químicos que se utilizan en la siembra de hortalizas en la cuenca de Atitlán.

En el lago, aún se puede nadar, hay partes en donde una se mete, y siente rico, y siente limpio. Pero el lago no pasa un examen químico. Es imposible organizar una carrera de natación o de vela, o de remos ahí. Los niveles de contaminación son alarmantes. Ninguna organización deportiva responsable arriesgaría a sus atletas metiéndolos ahí.

Estamos perdiendo uno de los lugares más lindos del mundo a pasos agigantados. No hay necesidad de preguntar qué hacer. Es evidente que se necesita voluntad, trabajo y compromiso de todos los habitantes, autoridades y visitantes del lago. Ya no deberíamos seguir haciéndonos los locos. Ya perdimos Amatitlán, que hoy es un pantano asqueroso y apestoso. Ya perdimos cientos de ríos limpios y cristalinos que teníamos. Estamos perdiendo a pasos acelerados, los grandes tesoros naturales que tenemos. Estamos subastando el agua, regalándola a los empresarios despiadados.

Parece que olvidamos que no podemos vivir sin agua. Podemos vivir sin dinero, sin tarjetas de crédito, sin carros, sin celular, pero sin agua es imposible. ¿Cuándo iremos a reaccionar?

Espero que no sea demasiado tarde.

Mientras tanto, disfrutaré un poco más de tirarme de las piedras de San Marcos La Laguna, de ver a mis hijos buscar caracoles entre las piedras. De meter las manos en Atitlán y refrescarme con sus aguas. De respirar y sentir la dicha de conocer esta cuna de los dioses.

 @liberalucha

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