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El recreo

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Hasta la elegante e imponente sala de vistas de la Corte Suprema de Justicia llegaron las voces de un grupo de mujeres q’eqchi’s que sufrieron de esclavitud sexual, secuestro y tortura en un destacamento militar en la comunidad de Sepur Zarco durante los años ochenta en Guatemala.

El juicio es público y puede verse por Internet o en persona. Para muchos, será inolvidable la imagen de estas valientes mujeres envueltas en largos perrajes que tapan su rostro y su cuerpo, declarando en su idioma natal, una de las historias más horripilantes e injustas que han sucedido en nuestro país.

Los detenidos son: el coronel Esteelmer Francisco Reyes Girón y el excomisionado militar Heriberto Valdez Asij. Son los dos extremos de un mismo machismo: uno de pelo pintado y maquillado; el otro sucio y desharrapado como bolo en cantina. Ambos coinciden en el desprecio y odio que demuestran hacía las mujeres y en que hoy, 30 años después del delito, finalmente serán juzgados en el Tribunal de Mayor Riesgo A. Lamentablemente solo ellos dos fueron atrapados y faltan más responsables de tan horrendos delitos.

Ahora entiendo a qué se refieren cuando dicen crímenes de lesa humanidad. Y es que lo terrible y aberrante del agravio que sufrieron, ofende a toda la humanidad en su conjunto y a las mujeres en particular.

¿Quién no siente rabia al imaginarse lo que vivieron estas q’eqchi’s a merced de soldados con ganas de divertirse en sus días de “recreo”? Los relatos hablan de viudas que tuvieron que bailar con los asesinos de sus esposos, que hicieron turnos cada tres días durante seis meses para cocinar, lavar uniformes militares y “atender” sexualmente a los torturadores de sus familiares. Muchas mujeres fueron obligadas e inyectadas a la fuerza para evitar que quedaran embarazadas y otras sufrían hemorragias y abortos mientras servían de recreación sexual a decenas de soldados.

No se explica una tanto odio y tanta saña. Los esposos de estas mujeres habrían sido asesinados por intentar tramitar desde 1970 los títulos de propiedad de sus comunidades ante el Instituto Nacional de Transformación Agraria (INTA). Y ellas tuvieron que seguir “pagando” por tal osadía.

Algunas atestiguan que siguieron durante seis años llevando las tortillas y lavando los uniformes de los militares. Por qué continuaron haciéndolo le pregunta un abogado a la testigo. Ella no sabe qué responder. Nunca habrá escuchado hablar del Síndrome de Estocolmo. Quizá no sabe expresar el miedo paralizante. No me atrevo a juzgar su comportamiento o a intentar explicarlo ¿Cómo se actúa ante el miedo? ¿Qué opciones tendría en una comunidad tan pequeña? ¿Cómo se recupera un ser humano después de que le arrebatan la felicidad, la libertad y la alegría? ¿Cómo se recupera la dignidad arrebatada?

En la comunidad nadie nos quería. Éramos las viudas, los juguetes de los soldados”, recuerda a sus 62 años de edad, una de las testigos.

No se puede vivir con tanto horror.

@liberalucha

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