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Columnistas

La familia como tótem

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Hay países en los que la ignorancia reina en monarca no solo de nuestros cerebros, sino de la organización social entera. En ese tipo de países, los coros de la enajenación suelen entonar melodías estridentes escritas por religiones, intereses de clase, creencias e ideologías que fomentan la defensa de los cinco grandes tótems que toda persona debe adorar en su corazón si no quiere verse condenada al ostracismo: el tótem de dios, el de la familia, el del individuo, el de la propiedad privada y el de la patria, cinco construcciones monumentales de cartón que constituyen la “mapología” o la cartografía mental que nos dicta cómo debemos representarnos a nosotros mismos y al mundo.

Evoco en prioridad el tótem de la familia, porque en nuestra sociedad la noción ideal que se tiene de la familia se ha convertido en un lastre que ejerce funciones fuertemente distractoras para la búsqueda de una salida real a los problemas que padece el país y la mayoría de la población, a saber: demografía galopante, falta de educación, falta de salud, falta de movilidad social, delincuencia, etcétera, puesto que es a la familia, en primera y en última instancia, a quien se responsabiliza de lo que pasa en esas áreas sociales, y es encima de ella que se deposita (como si fuera una entidad real y homogénea) un montón de expectativas y de funciones sociales que, en las sociedades modernas, le corresponden en primer lugar al Estado como garante de la formación cívica de los ciudadanos.

Reconozco que los padres tienen gran responsabilidad en lo que sucede a sus hijos, y es a ellos a quienes hay que pedir cuentas en primer lugar, si es que fueran capaces de responder. Sin embargo, esto es prácticamente imposible, puesto que  la mayoría de las veces nadie les ha enseñado lo que esos conceptos extraños (“responsabilidad”, “deber”, “falta”) significan, nadie les ha enseñado lo que ese lenguaje –y sobre todo, esas prácticas–, significan. Es como si les habláramos en chino. Además –y esto es lo más importante–, en la sociedad hay tantos modelos de familia como habitantes y sectores sociales, y casi no existe la familia homogénea esposo-esposa-hijos que las iglesias se empeñan en defender. Hoy, la mayoría de familias en nuestro país se han vuelto mono-parentales (las cabezas de familia son, sobre todo, mujeres) de escasos recursos y sin escolaridad.

¿A quién entonces, le vamos a exigir cuentas por los males del país? ¿Qué diablos se le quiere exigir a las familias? ¿Y quién lo va a hacer? Francamente no entiendo la manía que tienen las clases medias y altas de esperar y de suponer que sea “la familia” la “única” o principal constructora de ciudadanía, cuando eso es falso. Por un lado, en función del modelo socio-económico en el que vivimos, la estructura familiar tradicional ha volado en pedazos y las familias se han atomizado, no hay ya prácticamente momentos de encuentro o de intercambio, cada miembro –me refiero a las familias que se consideran a sí mismas como modelos– tiene su auto, su propio televisor en el cuarto y un mundo aparte del resto, de manera que el sentido del vínculo y de la comunidad ha estallado en mil pedazos. Y por el otro lado, no existe un Estado moderno que asuma esas tareas. Es decir, vivimos en el limbo y en la orfandad absoluta. A esto, cabalmente, es a lo que cualquier observador ecuánime llamaría “estar bien pisados”. Con lo cual estoy totalmente de acuerdo.

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