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SOBREMESA

La costumbre de obsequiar calendarios o almanaques con singularísimos cromos o fotografías de niños rozagantes, imágenes de santos, animales candorosos o paisajes nevados fue sin lugar a duda una de las primeras y más populares formas de publicidad utilizadas por los comerciantes en Guatemala durante el siglo pasado, quienes con aquel sencillo, pero útil obsequio no solo le agradecían a su clientela su preferencia, sino esperaba mantenerse muy al alcance en algún lugar privilegiado del hogar.

A finales de noviembre comenzaban a llegar a la casa del Callejón Normal numerosos de estos almanaques, considerados en casa como importantes bitácoras domésticas que ayudaban  a no perderse en la vorágine de los días, las lunas, los asuetos, las fechas “de guardar” y en tiempos no tan remotos, pero sí mucho más religiosos que los de ahora, para escoger el nombre del pequeño recién nacido o recién nacida, ya que la costumbre entonces era llamarlos según el santoral del día. Pobrecito quien naciera el día de San Eustaquio, porque cargaría de por vida sobre sus espaldas nombre de huesito auricular.

Siempre me sentí muy conmovida por la sutil sensibilidad, rozando lo cursi, de las ilustraciones que acompañaban estos calendarios populares, los que por siglos adornaron los espacios chapines de casas, oficinas y establecimientos, cuyos anunciantes trataban por medio del candor y dulzura de sus cromos, lograr un lugar privilegiado en la conciencia y casa del consumidor.

En lo personal, me encantaba ir a comprar el pan a Las Victorias en el mes en que anunciaban que se obsequiarían sus almanaques.

Salíamos de casa con la canasta mediana de junco protegida con una manta muy blanca de tanto lavarse, dispuesta a llenarla con todos los antojos y exigencias de la concurrencia que habitaba mi casa, los que incluían el pan francés, dulce, hojaldras y champurradas, lo justo y necesario, para cubrir las necesidades de toda una tropa que vivíamos y comíamos los tres tiempos en casa.

El almanaque ya es nuestro, me murmuraba la nana en el oído al mirar aquella canasta, mientras en bajito yo le pedía que por favor pidiera otro para mí.

Una señorita, con velocidad sorprendente y tenazas de cangrejo, contaba la compra del día, incluyendo las galletas Margaritas, campechanas, pirujos, molletes y los churritos, poniéndolo todo dentro de nuestra canasta, calculando en su mente, no solo el monto de la cuenta a pagar, sino si calificábamos o no para el gran premio final, el calendario

Mi cara de chivo ahorcado suplicando el regalo llevaba siempre las de ganar, por lo que la “señorita”, hermana o prima de Matusalén por lo entradita en años, se volteaba a donde estaba la caja inmensa llena de almanaques enrollados y amordazados por un hule, recalculando por última vez, si éramos merecedoras del obsequio

Sin vernos a los ojos, nos entregaba uno y la nana, alentada por la compra del día y de las anteriores de todo el año, se atrevía con firmeza, pero con voz de pajarillo, a pedirle otro, lo que la señorita accedía con mal modo y muy a regañadientes.

Nunca he olvidado dos singularísimos almanaques obsequio de esta famosa panadería: El cromo de Jesús en el mar de Galilea, junto  a una cesta enorme llena de panes, repartiéndolos entre sus hambriento seguidores. Abajo de la escena la frase lapidaria de, “ El pan no se tira, se besa y se le da al hermano: Simplemente precioso.

El segundo, tan memorable como el anterior, tenía el cromo de la última cena, la de Leonardo, solo que matizado con colores tropicales y chiltotes: Jesús con una aureola enorme bendiciendo el pan, no el sin levadura de la Pascua Judía, sino un gran pirujo de usanza chapina, también con una aureola amarilla para destacar, las bondades del pan como un alimento único y bendito. (Continuará)

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