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Ayer

Crecimos con la radio encendida. De aquella caja mágica de cordón eléctrico, con botones circulares de finísimas ranuras y un dial de lucecitas de colores como de película de ciencia ficción, salía la música de fondo, las noticias y los primeros comerciales que poblaron la vida cotidiana de una buena parte del siglo XX:

“P A X, librerías Pax, en la novena calle”, rezaba uno de los comerciales radiales que poblaran la infancia.

 La TGW hizo su entrada triunfal a Guatemala a principios de la década de los años treinta, como radio cultural, y bajo las órdenes de Ubico las tardes chapinas estuvieron amenizadas con música clásica, de violines y piano en vivo, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Guatemala. Además, como el mandatario se declaró nacionalista, la única música popular que permitió trasmitir fue la marimba y Dios guarde se escapara alguna pieza mexicana o una canción interpretada en inglés, porque a la puerta de mi casa llegaban a buscar al director de la radio, que era mi padre, fundador y director por varios años de la radiodifusora nacional.

También hubo almuerzos domingueros, sazonados con sonatas de Chopin, o, en la cocina, la puesta en salmuera de piernas de marrano acompañados por alguno de los conciertos de Mozart. Recuerdo mucho más adelante, los almuerzos y cenas con la boca callada, escuchando las últimas noticias de lo que sucedía en el Palacio Nacional. La música de marimba de fondo y “la voz del golpe” anunciando con voz protocolaria el nombre del militar de turno que se sentaría en la silla del poder.

Con la radio prendida se almorzaba alegre, con la puerta del comedor abierta para escuchar desde la sala el programa diario de marimba del medio día. Con las notas del Ferrocarril de los Altos a la hora de la sopa caldosa con naranja agria, y con la melodía Lágrimas de Thelma acompañando el arroz frito y la carne guisada. Muchas veces coincidía la compota de durazno con la sentida interpretación de Azahares marchitos de la Marimba Centroamericana. Pero la época más alegre de todas, llegaba con la Cuaresma, porque además de las empanadas de leche y el pescado rebosado con tomate y rodajas de cebolla, laurel y mucho tomillo, se escuchaban las marchas procesionales, las que para mi imaginación de niña siempre tenían color morado y olían a corozo o a nube blanca de incienso procesional.

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