Domingo 27 DE Septiembre DE 2020
Opinión

Érase una vez en Guatemala

“Desmantelar colonialismos”.

Fecha de publicación: 16-09-20
Por: Anabella Giracca

Hay países de América Latina que conmemoraron ya el Bicentenario de sus respectivas independencias. A nosotros nos queda un año. Eso, porque somos parte de la cola de la supuesta “emancipación”. Toca replantear nuestro sentido de Nación. Esa es la idea de la globalizada celebración. Pensarnos como pueblo y también como región, porque somos parte del mundo.

La conmemoración del Bicentenario podría ser un jalón que nos obligue tanto a mirar la historia, como a avizorar lo que viene. Abrir espacios para la reflexión y obligarnos a plantear preguntas cruciales: ¿Por qué nos hemos quedado atrás frente a países que vivieron condiciones similares de voraz colonialismo? ¿Por qué no logramos construir una nación sólida en estos casi 200 años de independencia? Conmemorar quiere decir “recordar con”, es memoria conjunta, colectiva y a eso debemos de abocarnos. 

La historia hay que contarla; para que una nación exista, es necesario un relato sobre los orígenes, valores y principios que fundamentan su cohesión. Si no se cuenta, no construye una imagen que le permita hacerse. Y nosotros no terminamos de hacernos ni hemos tenido el valor de contarnos. 

Otros países comenzaron hace 200 años a construir su propio imaginario nacional. Para independizarse debieron dibujar su propia imagen, recoger en estampas su vida cotidiana y asumir compromisos que, al parecer, nosotros no hemos terminado de entender: un Estado de derecho y los derechos humanos; la conciliación de lo universal y lo particular para construir una modernidad sobre la base de valores propios; el combate frontal a la corrupción y crimen organizado, tatuados en nuestro trayecto. Cómo enfrentar el cambio climático; garantizar la libertad de expresión, porque una sociedad sin voz es una sociedad sin alma. Velar por el acceso a la sociedad de la información con criterios de pertinencia y relevancia; cómo configurar una idea de nación no excluyente, donde quepamos todos, todas; valorar el pensamiento crítico, propio como proyecto ‘emancipatorio’ de formas soterradas del colonialismo cultural o académico. Eso entre muchas otras. 

Sería ingenuo imaginar el Bicentenario como escenario en que pueden desatarse todos los nudos del porvenir. Pero quizás el gran valor de esta conmemoración colectiva debe de estar, al menos, en la interrogación de nuestro futuro.

Si decidimos conmemorar el Bicentenario, pues que se haga de manera incluyente, intercultural, crítica y reflexiva. Vernos también globales, o sea, como parte del mundo. Que nos permita imaginar la refundación de un Estado que hoy está en ruinas; que logre forjar una cultura cívica y una relectura de nuestra historia para impulsar pensamiento innovador. Y que la escuela sea el espacio por excelencia para esta causa. Resolver en conjunto, todos los pueblos, no solo el pasado nefasto, sino un futuro alentador.