Viernes 25 DE Septiembre DE 2020
Opinión

Brevísima reflexión sobre la administración de justicia

Los Jurados.

Fecha de publicación: 07-08-20
Por: Álvaro Castellanos Howell

El Juicio por Jurados o “Jury Trial”, como se le conoce en el sistema de derecho anglosajón, puede ser todo un misterio para una sociedad que, cultural y políticamente, considera que los ciudadanos no tienen rol alguno en la labor de administrar justicia. Es decir, una sociedad como la nuestra, en donde dicha institución es casi inexistente, pues tiene tan solo una mínima presencia en nuestro ordenamiento (en los llamados “jurados de imprenta” para abusos en la emisión del pensamiento, y de virtual ineficacia total en Guatemala).

La integración de jurados para emitir un veredicto de culpabilidad o inocencia, es una práctica milenaria. Algunos la atribuyen a los griegos de la antigüedad. El mismísimo Sócrates fue condenado finalmente por un jurado compuesto por 501 ciudadanos (280 votos inculpatorios contra 221 exculpatorios), es decir, un “mega-jurado”. Intentar descifrar la historia de esta institución, por lo tanto, es tarea compleja, pues entiendo que tomó especial arraigo en Europa desde la edad media, particularmente en la parte insular de ese bello continente. Me refiero, por supuesto, a la gran Inglaterra, cuna de tantas instituciones democráticas, a pesar de haber vivido también bajo monarquías de hierro y fuego.

Las antiguas colonias inglesas, por supuesto, recibieron la tradición, y de ahí que en Estados Unidos de América sea tan característica esta figura. Aunque arraigada con mayor fuerza ya en la vida independiente de dicho coloso del norte. La sexta enmienda constitucional (1791) hizo propia la institución de los jurados como parte de los elementos esenciales de los procesos penales frente a tribunales federales.

Alexis de Tocqueville, en su obra “La Democracia en América” (1835) expresa ideas sobre esta institución, como las siguientes: “el jurado es la más grande escuela cívica alguna vez ideada para que los miembros del Pueblo se conviertan en ciudadanos democráticos y asuman la responsabilidad del auto-gobierno”; “el jurado acerca al Pueblo al Poder Judicial”, y “aumenta la comprensión del Pueblo sobre sus sistema de justicia”.

Y  ya en el siglo XX, la propia Corte Suprema de Justicia de EE. UU., en dos casos históricos (Duncan v. Louisiana, 1968 y Williams v. Florida -1970), estableció criterios tan interesantes como que el jurado tiene como función principal la de proteger al ciudadano contra la ejecución arbitraria de la ley; o como una “inapreciable salvaguardia (del acusado) frente a los fiscales corruptos o demasiado celosos en el cumplimiento de sus funciones y también contra los jueces acomodaticios, negativamente predispuestos o de humor imprevisible”.

Quizás el miembro de jurado más famoso, Davis (interpretado por Henry Fonda) en la laudada película ‘Twelve Angry Men’(‘Doce Hombres Enojados’) pone de manifiesto los sufrimientos y los riesgos a los que cada ciudadano está sometido cuando se le acomete con la labor de juzgar si alguien es culpable o inocente. Dar un veredicto puede ser un drama humano. Pero la razón por la que escribo hoy de esto, es porque me pregunto si existe alguna correlación entre el hecho de contar con un sólido sistema de administración de justicia, imparcial y eficiente, y la existencia, precisamente, en dicho sistema de la institución de los jurados, o no.  Dicho de otra forma, ¿será que la ausencia de jurados en un país como el nuestro, favorece (junto a otros factores, por supuesto) la indiferencia ciudadana a la hora de definir algo tan crucial para la vida democrática como lo es la nominación y elección de sus jueces y magistrados?