Sábado 15 DE Agosto DE 2020
Opinión

Las ilusiones de las elites en la finca de la muerte

Corren malos tiempos para las sociedades gobernadas por mafias.

Fecha de publicación: 01-08-20
Por: Jorge Mario Rodríguez

Para comprender esta época de transformaciones radicales se debe aprehender la constelación de retos globales que exigen una respuesta inmediata. La pandemia del COVID-19, catástrofe tan prevista como ignorada, se conjunta con una efervescencia política mayúscula que ha estremecido, incluso, la estructura social de los Estados Unidos. El desasosiego general se alimenta del ruido que emana de las omnipresentes redes sociales, las cuales, con las excepciones del caso, se han convertido en las cámaras de resonancia de lo que el desaparecido filósofo español Carlos París denominaba, con notable lucidez, la “época de la mentira”.

Aun así, existe el suficiente buen sentido para avizorar los cambios profundos que se necesitan para salir de esta situación. Sin embargo, las derechas empresariales, especialmente si son tan ignorantes como la guatemalteca, no quieren ver lo evidente. No comprenden que somos seres vivos y que, como tales, existimos en una naturaleza sujeta a delicados equilibrios afectados por sus agendas extractivas. Así, la destrucción irracional de la naturaleza supone la liberación de virus y otros patógenos que pueden producir enfermedades más severas que el COVID-19. Decía algún destacado científico que los microbios eran los “últimos críticos de la modernidad”.

La simple verdad de que somos parte de una naturaleza que queremos dominar representa la refutación última para los sueños de opio de aquellos que piensan que la nueva normalidad se limitará tan solo a usar las imprescindibles mascarillas y mantener distanciamiento físico. Si queremos honrar el compromiso que tenemos con las generaciones futuras —cuya expresión más cercana son los amados pequeñuelos que merecen un futuro humano— debemos respetar el mundo compartido que nunca tuvo vocación de propiedad, como lo piensan los neoliberales.

Sin embargo, los amos del dinero, según ellos dueños de la vida, piensan que no vale la pena compartir el apocalipsis con el resto de los habitantes del planeta. De este modo, la reciente idea de construir búnkeres para evitar el colapso ya se manifiesta hasta en nuestro medio. Los dueños de la finca guatemalteca saben que pueden adoptar las medidas necesarias para salvarse de la pandemia. Se trata, otra vez, de beneficiarse de la lógica de la muerte que quieren imponerle al resto de la sociedad.

Sin embargo, el mundo no tiene por qué adecuarse a las limitadas aspiraciones de la derecha empresarial guatemalteca y a las mafias con quienes se ha asociado. Esta pandemia no es un acontecimiento que se pueda solucionar aumentando las presiones sobre la finquita nacional. Las enfermedades catastróficas han existido a lo largo de la historia de la humanidad y la globalización no ha hecho más que convertir estas en peligros para toda la humanidad. En consecuencia, las presiones para el cambio nacional vendrán de todo el globo. Y nos tocaría ser menos resilientes y convertirnos en parte de ese proceso. Un país con un colapsado sistema de salud será de ahora en adelante un riesgo no solo para sus habitantes, sino también para el planeta. Así las cosas, las sociedades cuyos Estados capturados están comprometidos con la precariedad pueden convertirse en un riesgo para el bienestar mundial.

En consecuencia, corren malos tiempos para las sociedades gobernadas por mafias. Ni su sangriento dinero podrá esconderse para siempre. De seguro, juicios internacionales esperan a los que hoy roban a costa de la vida y salud de sus sociedades. Como sociedad tenemos la última palabra: aquella que rechaza la muerte gratuita para cualquiera, sin medicinas, sin aire para saciar los pulmones. Como sociedad no podemos permitir que cada vez más gente desfallezca de hambre. Ciertamente, las sociedades no han sufrido la historia para que gobiernos degenerados las condenen a una muerte indigna.