Jueves 9 DE Julio DE 2020
Opinión

“La Hora”: un siglo de periodismo

Fecha de publicación: 27-06-20
Por: Irmalicia Velásquez Nimatuj

No soy historiadora, pero me considero una amante empedernida que va detrás de ella con el único propósito de entender e imaginar cómo fue el pasado de mis ancestros, por eso, me hice periodista porque de niña soñaba con escribir sobre los mundos dentro de los cuales yo crecía pero que pocos veían. Y nunca me percaté del verdadero poder que tiene la prensa sino hasta que estuve dentro de ella. De sus consejos de dirección -ocupados principalmente por los propietarios- emanan las órdenes de la línea editorial que debe seguir el medio y quien no las cumpla sencillamente se va. En sus salas de redacción un pequeño grupo decide qué se publica del acontecer diario y qué se va al cesto del olvido. Y en manos de los periodistas está la responsabilidad de decidir qué elementos dejan dentro o fuera de sus notas. Aunque esta rígida manera de darle vida a la memoria social de un país y del mundo se ha ido modificando con la explosión del internet y de las redes sociales que han creado espacios alternos de información donde las voces o los hechos silenciados ahora pueden tener vida. Aun así, la prensa sigue concentrando en sus manos una importante cuota de poder frente a la forma en que a futuro se leerá el presente y eso se puede inferir al leer la crónica de los 100 años de vida del diario ‘La Hora’.

La presentación de las cuatro etapas publicadas el 19 de junio que rememora un siglo de nacimiento develan un elemento importante, que la famosa “objetividad periodística” que nos enseñan en las escuelas de comunicación y a la que apelan periodistas, políticos o el público en general, en el fondo es una moneda de cambio que se usa acorde a los intereses de los propietarios.  Eso está presente en el documento que con honestidad intenta mostrar cómo la vida del diario ‘La Hora’ es consecuencia de la vida política de Guatemala. Y cómo las decisiones o las definiciones políticas de su fundador para bien o para mal influyeron en momentos concretos en las esferas nacionales. Ahora espero con ansias el libro que documenta los 100 años porque sin duda nos dará lecciones de cómo el Siglo XX fue documentándose, pero también delineándose desde algunas salas de redacción.

Dedico estas líneas para felicitar a la tercera y cuarta generación de la familia Marroquín, quien tiene en sus manos la responsabilidad de continuar con el legado de ‘La Hora’. Especialmente quiero agradecer a Oscar Clemente Marroquín por su apoyo, en sus páginas y fuera de ellas, a algunas de las demandas indígenas. Tengo en mente que cuando entrevisté a hermanos mayas sobrevivientes de la quema de la Embajada de España ocurrida el 31 de enero de 1980, y que escaparon porque no eran parte de la comitiva que ingresó, pero sí miembros de los colectivos que viajaron en diferentes momentos a la capital a demandar justicia, varios de ellos, coincidieron en reconocer que ‘La Hora’ fue el único medio que les abrió las puertas, que los trató como seres humanos y que escuchó las denuncias de secuestros, asesinatos y despojo de sus tierras en el norte del Quiché y en otros rincones del país. Como quedó registrado en las entrevistas que realicé, el entonces Director de ‘La Hora’ les dejó claro que publicarían notas pequeñas de sus denuncias porque de lo contrario “al día siguiente les pondrían una bomba en las oficinas”. Mientras el resto de los periódicos nacionales, a los cuales también acudieron en busca de ayuda, antes de decidir la toma de la embajada, literalmente les cerraron las puertas en sus rostros.

También quiero reconocer que el 5 de junio de 2002 cuando se me vedó el ingreso por vestir mi traje regional, a la taberna “El Tarro Dorado”, ubicada en la zona 13 de la capital, propiedad de la familia Castillo, una de las integrantes del G8, y que monopoliza la producción y distribución de bebidas alcohólicas en Guatemala, bajo el argumento de que a ese lugar no “entraban indias” fue ‘La Hora’ el único medio de comunicación que le dio seguimiento a todo el proceso de denuncia que iniciamos junto a hermanos, hermanas y organizaciones. Mientras los otros medios publicaron el hecho y lo redujeron a un acto de discriminación más, optando por callarse. Sin embargo, ‘La Hora’ decidió acompañarme en todo el proceso, cubrir y publicar la conferencia de prensa en donde me negué aceptar las disculpas de la familia Castillo, quienes adujeron que se había tratado de “una decisión unilateral de los empleados” y querían montar un espectáculo a su favor en el Palacio Municipal de Quetzaltenango en donde me pedirían disculpas públicas y me invitarían a conocer sus instalaciones.   Por supuesto, que no acepté porque era negar que el racismo como opresión nos oprime a todos como pueblos y que un vejamen individual como ése, era solo un reflejo de sus históricas políticas discriminatorias hacia los pueblos indígenas. ‘La Hora’ comprendió mi denuncia de que en el fondo los Castillo se estaban disculpando porque yo era una mujer formada, pero que, si se hubiera tratado de mi madre, una mujer casi analfabeta, jamás se hubieran dignado a realizar disculparse.

El apoyo de ‘La Hora’ tuvo un costo y fue el cierre de publicidad de varias de las empresas afines a esa familia y de ese sector durante un buen tiempo y algunos se fueron para siempre.  Aprendí que pocas empresas periodistas, en pleno Siglo XXI estaban dispuestas a asumir el costo que implica garantizar el respeto y el goce de los derechos plenos a las mujeres y hombres indígenas.

Posteriormente, Oscar Clemente nos acompañó en nuestra lucha colectiva por sensibilizar a un país profundamente ignorante sobre cómo opera el racismo en nuestras vidas y en nuestras historias. Y aceptó ser parte del Primer Tribunal de Conciencia contra el Racismo y la Discriminación que realizamos en septiembre de 2002. Allí durante dos días completos denunciamos múltiples actos de racismo que los pueblos mayas de Guatemala hemos cargado.

Como, entonces, me dijo Oscar Clemente en su oficina, “si bien, el acto que usted enfrentó debe ser penado para que no vuela a repetirse contra nadie más, el camino aún es largo, porque la forma en que la elite guatemalteca se refiere a los pueblos indígenas, en sus círculos, rebasa lo imaginado y eso, nunca lo van a expresar públicamente”. Entendí, entonces, que no solo nos toca luchar contra el fantasma de la negación de racismo sino contra las políticas que emanan y que nos oprimen como si se tratara de Sudáfrica.

Precisamente, sabiendo que el desafío es largo, deseo que ‘La Hora’ continué trabajando en este nuevo siglo que inicia por las causas que permitan la construcción de una nación que llegue a materializarse en un espacio pleno y libre en donde todas nuestras hijas e hijos sin importar su origen racial, su proveniencia de clase o cualquier otra condición, puedan sentirse que pertenecen a esa hermosa tierra, que es nuestro país y que como seres humanos lleguen un día a gozar en condición de igualdad de las mismas oportunidades, para ser y para construirse.