Domingo 12 DE Julio DE 2020
Opinión

Cuando ya no haya un mundo para los corruptos

Esto no lo ven los corruptos de países como el nuestro.

Fecha de publicación: 06-06-20
Por: Jorge Mario Rodriguez

Algunos quisieran creer que la actual crisis planetaria es una consecuencia inesperada del COVID-19. Sin embargo, esta crisis no es sorpresiva si se considera el proceso de deterioro que se venía gestando desde varias décadas atrás. No había nada esperanzador en los espantosos procesos de creciente desigualdad y deterioro ambiental que anunciaban catástrofes irreversibles.

La situación ya había alcanzado rasgos surreales. Douglas Rushkoff relataba cómo algunos billonarios “precavidos” habían construido búnkeres para sobrevivir al “evento”, aunque les atenazaban las dudas propias de una sociedad postcolapso: ¿Iba a valer el dinero? ¿Quién iba a cuidar de los alimentos? ¿Cómo se podía garantizar la lealtad de los guardianes? Querían escapar del apocalipsis, sin saber que iban a encontrar los mismos problemas que las sociedades han tratado de resolver a través de la historia.

Por la misma razón, cuando se habla de volver a la “normalidad”, la pregunta es inevitable: ¿Qué normalidad? Hablando en rigor, la normalidad que vivíamos era una situación de desastre, injusticia y vulnerabilidad. La pandemia ha mostrado el grado de fragilidad en que vive la mayor parte de la población mundial, situación de la que, con este virus, no escapa completamente la arrogante plutocracia global y nacional.

Se ha generado, en consecuencia, un debate global acerca de la “nueva normalidad”. Las discusiones cubren una serie de aspectos cuya interrelación torna el problema mucho más complejo. Es difícil imaginar la nueva economía y anticipar los cambios políticos que sobrevendrán en los años venideros. La situación se complica porque las respuestas son urgentes.

Las tareas adoptan matices específicos según el lugar del que se trate. Desde Guatemala siempre se ven desde un universo social acostumbrado a las más bajas expectativas, de conformismo frente a la más espantosa desigualdad y corrupción. Este gobierno —expresión de autoritarismo, incompetencia y corrupción— lo sabe. Y, de manera arrogante, como es de esperar, quiere seguir en la pendiente de ineficiencia y corrupción que ha caracterizado al país.

En su ignorancia o mala voluntad, no leen los signos evidentes de este tiempo. Si algo resulta claro es que esta pandemia ha puesto de relieve la interconexión del mundo. Este hecho evidencia una verdad olvidada: los seres humanos dependemos unos de otros y estamos atravesados por una naturaleza común que solo se olvida cuando predomina la ignorancia y el miedo. Un ser humano —cualquiera— podría adquirir un virus que en cuestión de días podría extenderse con devastadoras circunstancias por el planeta. La injusticia cotidiana podría incrementar el descontento hasta llevar a un acto de bioterrorismo de efectos incalculables. Frente a la posibilidad de vivir una vida tan horrible, las ventajas que arroja vivir en un mundo más justo son más que atractivas para seres racionales.

Así las cosas, la tarea de mejorar las sociedades contemporáneas es una tarea global que demanda esfuerzos contra la ingente corrupción que condena a las sociedades a la muerte. Es previsible, en consecuencia, que se establezcan medidas internacionales para evitar este flagelo, como sería, por ejemplo, limitar la circulación de los capitales que han sido obtenidos a través del saqueo de los recursos comunes de las sociedades.

Esto no lo ven los corruptos de países como el nuestro. Ahora mismo están enloquecidos por la rapiña o cegados por su psicopatía, pero tarde o temprano tendrán que responder de sus actos. El mundo está disminuyendo sus niveles de tolerancia ante la pillocracia. Algún día, los culpables de la corrupción gubernamental y empresarial de este país no encontrarán lugar tranquilo para poder disfrutar sus riquezas manchadas de sangre.