Lunes 1 DE Junio DE 2020
Opinión

El fin de la corrupción pandémica

Debemos luchar por construir la nación que necesitan las futuras generaciones y los corruptos no caben en ella.

Fecha de publicación: 23-05-20
Por: Jorge Mario Rodríguez

El ser humano no es intrínsecamente bueno ni malo. Es constitutivamente libre. Por lo tanto, tiene la capacidad de alcanzar las alturas de los dioses o caer en la peor abyección. Pero no es un ser amoral, debido a que posee conciencia y, por lo tanto, una voz que le susurra el sentido moral de sus acciones. La pensadora francesa Séverine Deneulin considera que esa voz puede ser el último recurso contra la barbarie.

Desde luego, la perfección moral no es uno de nuestros atributos. Si fuésemos ángeles, razonaba Kant, no necesitaríamos de la ley moral. Según su perspectiva, la raíz de lo que él denominaba el “mal radical” yacía en privilegiar los propios intereses sobre las consideraciones morales. Esta es una tendencia del espíritu humano que, sin duda, se encuentra detrás de la falta de juicio en nuestra vida práctica. Los reproches de la conciencia insisten y no en pocas ocasiones se logra un cambio benéfico.

Sin embargo, esta voz se vuelve inaudible cuando el propio interés eclipsa crece a costa de cualquier obligación moral. El estruendo de los helicópteros, las exageradas genuflexiones de los demás, el resplandor metálico de los automóviles nuevos, la obsequiosa atención de los serviles suele inflar un sentido de importancia que acalla la conciencia quizás para siempre.

Una expresión suprema del mal radical es el corrupto, quien siente un gusto patológico al pasar sobre los demás y, sin duda, parte de su placer vital está en demostrar que el otro merece menos importancia que el más peregrino de sus caprichos. De ahí su arrogancia. Aunque tenga recursos suficientes para costearse cualquier lujo, prefiere comer y disfrutar a costa de los demás: el placer añadido de burlarse de los demás es el ingrediente secreto de sus viandas o el detalle secreto de sus festines.

Es evidente que los corruptos enquistados en el Estado son la peor calamidad en tiempos de crisis. En esos momentos, es necesario reflexionar para encontrar salidas. Sin embargo, esto implica comprender el mundo y el corrupto no tiene tiempo para esto. Consume todo su tiempo la necesidad de asegurar el propio interés sobre las infinitamente más importantes necesidades de los demás. Diseñar trampas consume tiempo.

Pero es en momentos de crisis cuando se necesita ampliar el espíritu humano para visualizar las soluciones que se encuentran solo después de un esfuerzo a la altura de los tiempos. La historia muestra que los tiempos de crisis son de cambio, de transformación, de sustitución de paradigmas. Pero concretizar estos cambios requiere una reflexión integral y los miembros de las mafias que montan la bestia del poder no están dispuestos para tal esfuerzo.

Una manera de eludir la responsabilidad de los tiempos, es acudir a recetas hechas, a ortodoxias que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Los corruptos parecen ignorar que no podemos regresar a una “normalidad” cuyas desastrosas consecuencias son obvias ahora. Quizás esperan seguir el festín después del desastre. No saben, no quieren aprender, no piensan y la lectura puede ocasionarles una molesta modorra.

No sabemos hasta dónde nos va a llevar esta pandemia. Pero sí sabemos que el camino solo tiene una vía. Durante los próximos años, los corruptos de aquí y allá, fieles a su naturaleza, lucharán por hacer funcionar el edificio colapsado por el que pululan. Sin embargo, el aire del mundo sopla en otra dirección y es de prever que tengan un ambiente inhóspito.

Me atrevo a prever que, si no se demuestra una voluntad real de cambio, los peores de ellos enfrentarán incluso procesos judiciales, debido precisamente al mal manejo de la situación actual. Los veremos lloriqueando de manera cobarde. Pero la tarea ciudadana no admite otro camino: debemos luchar por construir la nación que necesitan las futuras generaciones y los corruptos no caben en ella.