Sábado 28 DE Marzo DE 2020
Opinión

La Cantina:  Legado

Ni cuenta nos dimos cuando nos dijimos adiós.

Fecha de publicación: 24-02-20
Por: Verónica Molina Lee

Ella era única para mí, pero entiendo que como ellas hay muchas, en especial en este país. Mujeres que frente a la adversidad se convierten en símbolo de fuerza y logran transformar a quienes vienen detrás. 

Mi abuela paterna llegó hasta sexto grado primaria. Esto lo descubrí desde que empecé a huevonear en el colegio y mi papá a gritos nos hacía saber –a mi hermano y a mí– a lo que la abuela se había enfrentado.  Ella sabía leer, escribir, sumar, restar y multiplicar. A mí me bastaba llegar hasta sexto, porque desde la mirada de una niña, ella no solo era una de las mujeres más inteligentes que yo conocía, sino también la más valiente. 

Tenía su propio negocio y arreaba, el día entero, con cajas llenas de mercadería desde el primer nivel hasta el cuarto. Se levantaba temprano a hacer el oficio y asearse –como ella decía–. Ni bien se asomaba el sol y ya se escuchaba el ruido de la escoba somatándose contra la pared y los perros que aullaban de emoción al verla aparecerse en la terraza. Hacía el desayuno –horrible a mi parecer–, ponía el café, recogía el periódico y después negociaba con sus nietos hediondos para meternos a la bañera.  Su vida no terminaba nunca o la vida nunca terminaba con ella.  

Llevaba el fajo de billetes y un manojo de llaves en el pecho, pechos que de tanto cachivache que llevaban dentro me hacían pensar en un par de chinchines. Se sacaba un billete de a veinte y me lo daba, no sin antes recordarme: “siempre lleva tu propio efectivo, para que ningún hombre te pida después el culo”. No lograba entender la magnitud de sus palabras, pero lo resumía en que nadie era capaz de agarrarle a mi abuela semejantes nalgas, no con tanto billete en el brasier.

Ella nunca aprendió a manejar, pero eso no le impedía de subirnos a los ruleteros y recorrer la ciudad de una zona a la otra. Íbamos al mercado, compraba fruta, verduras y las carnes. Regateaba. Cargaba con las bolsas del mercado hasta la casa. Exprimía las naranjas para hacer jugo fresco.  Desnucaba y pelaba a las gallinas en la pila para hacer el caldo.   

Tenía las manos ásperas, ahora entiendo que de tanto trabajar. Era fuerte y llevaba el coraje de mil mujeres a la hora de defender a quien ella amaba. Más de alguna vez la vi darle un pencazo a alguien y más de cien, maldecir a quien la ofendiera. “Vaya a la mierda,” le gritaba a quien atentará contra su paz.  

Era irreverente y tan genuina como su semblante. Poco le importaban el maquillaje, la moda o los accesorios. Reconozco ahora que, de su sencillez y su evidente complejidad, surgía la verdadera belleza.    

Nunca fui más feliz que con ella. Mi infancia entera, me hizo creer que yo era perfecta tal cual. Me dejó ser yo, me aceptó con mis descompuestos y respetó mi voz. Yo cantaba sin entonación, ella me aplaudía. Yo sacaba un setenta, ella me felicitaba. Yo me defendía a aruñazo limpio, ella lo aplaudía. Yo lloraba, y ella me acurrucaba. Lo poco o mucho que sé del amor propio, lo recogí de ella, de su amor por mí.

Ni cuenta nos dimos cuando nos dijimos adiós. No hubo llanto, reproches o palabras pendientes. Solo el susurro de esa mujer que se volvió loca de amor por mí y el de esa niña que siempre la amará de vuelta.