Sábado 28 DE Marzo DE 2020
Opinión

Con un circo en casa

Hasta los payasos y trapecistas fueron a almorzar.

Fecha de publicación: 21-02-20
Por: Gonzalo Asturias Montenegro

La esposa del Presidente Juan José Arévalo, le dijo a mi papá: –Juan José quiere mucho a los Asturias. Mi padre le respondió: –debe ser por mi hermano Miguel Ángel (Asturias). Doña Elisa (así la conocíamos en la familia) le respondió: –No Marco, es por usted. En realidad, mi papá trabaja ad honorem en la dirección de los comedores y guarderías infantiles que infatigablemente impulsaba la Primera Dama, un caso insólito porque nadie trabaja en el gobierno sin cobrar nada ni esperar nada a cambio.

Luego, la esposa del Presidente Jacobo Árbenz, María Vilanova le pidió a mi papá que siguiera en el cargo. Cuando las dos hijas del matrimonio Árbenz-Vilanova hicieron la Primera Comunión, nos invitaron a mi hermano Pedro José y a mi a la fiesta, celebrada en el chalet Pomona, de un cuarto de manzana situado en la Avenida de la Reforma y Calle Montúfar esquina, zona 9. Al llegar, en un salón cerca de 15 niños jugaban el juego de las sillas. La orquesta Rojas, la mejor de la época, interpretaba una pieza. De pronto, cuando suspendía la ejecución todos nos sentábamos, pero como había una silla menos, el que se quedaba de pie, salía. Nos dieron pastel, refresco y un “recuerdo”. Con la vista busqué por todos lados al Presidente Árbenz pero solo vi a doña María, acompañada de otras señoras de sociedad (como se decía entonces) muy elegantes.

Invitada por mi papá, doña María Vilanova llegó a ver el nacimiento grande que la patojada hacíamos en la casa. Llegó en el auto, sola con su piloto, sin seguridad. Mientras veía con detenimiento el nacimiento yo la observaba: llevaba un sombrero de la época, delgada, me pareció más alta que baja, morena clara, con una nariz afilada.

Cuando hoy vemos un problema ajeno solo decimos no es mío. Mi papá siempre veía cómo podía ayudar en algo. En una ocasión, durante el gobierno de Jorge Ubico, el director de la Policía Roderico Anzueto le pidió a mi papá que le organizara una kermés para recaudar fondos para la Navidad de los hijos de los agentes de la Policía. Mi papá le habló a un circo que estaba acantonado en las faldas del Cerro del Carmen. Organizó y publicitó una función benéfica. Cuando vio el éxito del evento, mi papá les dijo a los dueños del circo: –los invito a todos a almorzar a mi casa.

Contaba mi mamá que cuando abrió la puerta de calle, mi papá le dijo: –te presento a mis amigos. La primera era una mujer en mallas, con la cara exageradamente pintada la cual a primera vista desconcertó a mi mamá. Arrecha y positiva juntó la carne que tenía ella y su suegra que vivía a la vecindad y compró en la carnicería la que faltaba. Entre tanto, la Lola Reyes que llegó a la familia Asturias como niñera pero que luego se incorporó a la familia, para preservar la cubrecama que estrenaban mis papás, botó de la cama a un borrachito, a quien le llamaban El barítono. Cuando mi papá lo vio en el piso con un chichón lo ayudó a subir a la cama. Luego la Lola lo volvió a tirar al suelo. Ya con unas copas, todos alegres, mi papá preguntó si podían hacer un acto de acrobacia para su esposa y sus hijos, pero no hubo espacio.
Haciendo veladas culturales y pastorelas en la época de Navidad, Miguel Ángel, mi papá y sus amigos juntaron fondos para la reconstrucción del templo de la Candelaria, que quedó semidestruido después de los terremotos de 1917-18.

Años después, mi papá trabajó en la construcción de una escuela parroquial para niños pobres del barrio de la Candelaria, en donde en una lápida figura su nombre. Cuando yo nací, mi papá buscaba activamente fondos para la construcción del edificio de Jesús Obrero, una iniciativa de los padres dominicos para la capacitación de trabajadores. En el grupo entusiasta también figuraban Rodolfo Castillo, presidente de la Cervecería (padre de los Castillo Love), Salvador Falla, importante banquero, Carlos Tercero, quienes fueron mis padrinos de bautizo.

No obstante estar en silla de ruedas sin poder caminar ni hablar, por su trabajo dentro de la Iglesia a mi papá el Papa le otorgó la orden pontificia de San Silvestre Papa. En nombre de él yo la recibí en la Nunciatura Apostólica. Mi padre fue un hombre bonachón, alegre, extrovertido, alto, blanco, cara redonda, ojos azul verdosos. Siempre ayudó a todos con quienes se cruzó en el camino de la vida. Por ser una persona abierta y servicial se ganó la amistad de quienes lo trataron. En sus funerales el templo de la Candelaria estuvo completamente lleno. Solo tengo buenos recuerdos de él.

Vivió para los demás, en primer lugar, para su familia. En el mundo, personas de la calidad humana de mi papá no nacen todos los días.

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