Sábado 19 DE Septiembre DE 2020
Opinión

“Pasos y perrales”: cariño y democracia

Nuestros artistas están esperando la mano amiga de un Alcalde sensible y humanista que conserve el espíritu que busca un espacio de expresión.

Fecha de publicación: 14-02-20
Por: Silvia Tejeda

Ya sé. No se llama Pasos y Perrales. Oficialmente es “Pasos y Pedales”. A esta actividad dominical de mi barrio le llamo así. Sencillamente, porque el número de perros que pasean es exponencialmente superior a los pedales que lo transitan. Una oportunidad en que muchos canes y sus amorosos dueños disfrutan de caminatas agradables, sin que nadie les grite: “Calle a su perro cagón”. Si usted los viera, en esa simbiosis de amor y confianza con que animalitos y amos se divierten.

Vivo, desde hace cuarenta años, a veinte pasos de la Avenida de las Américas. Una zona planificada como residencial y, que en el juego de intereses urbanísticos, fue convertida en una zona “mixta” donde actualmente los usuarios de comercios y viviendas nos adaptamos al ruido, los atascos y a los robos y asaltos descarados que se cometen contra peatones, a toda hora. Aquí solo Dios y unas piernas correlonas lo salvan a uno de ser víctima; que ni por asomo contamos con alguna autoridad que nos proteja. Aun en estas circunstancias, muchos vecinos no nos movemos de aquí. ¿Por qué? Sencillamente, porque disfrutamos del lindo parque en que fue convertida la extensa zona de monumentos y monumentitos, donde la actividad peatonal se lleva a cabo cada domingo.

No. No se lo imagine. No me voy a quejar, y nunca me ha molestado. Mi pensamiento va a contrapelo de alguien a quien le moleste el barullo que se arma y la temprana invasión que se deja venir de otros barrios. Nunca me opuse a esta concurrida actividad. Crecí en la ciudad de Guatemala, cuando los niños éramos los dueños de los parques, aprendíamos a nadar en el estanque del Hipódromo del Norte y de adolescentes durante las vacaciones, íbamos por las tardes a patinar al Parque Central. Era un sitio donde practicábamos el deporte, hacíamos amistades y hasta novio o novia se conseguían.

Ese concepto desarrollado posteriormente de que los guatemaltecos para divertirse deben de gastar dinero no existía. La Aurora era el paseo de ley que, como propiedad del Estado era el parque donde se hacían excursiones familiares y escolares para acercar a los niños a la vida de los animales. Actualmente, olvídese. O lleva los billetes para entretener a los hijos o no sueñe siquiera con ingresar.

El domingo que pasó, salí a caminar y ¡oh sorpresa! hasta la marimba de la Policía Nacional Civil (PNC) daba un concierto mientras los rostros escuchaban con nostalgia llevando el compás de los ritmos chapines. Caminé un poco más y los ojos se me abrieron cuando vi a varios milicos vestidos de camuflaje que daban volteretas para que los niños se fijaran en ellos y aceptaran su saludo sin lloriquear, y lo lograban.

Caminando y caminando me di cuenta que se trata de un espacio disfrutado por niños, jóvenes y mayores. Sin distingos de estratos sociales, que pasean, se asolean, conversan, los novios se toman de la mano, las familias llevan a los bebés en cochecitos y algunos jóvenes padres enseñan a sus retoños a conducir bicicleta. Todo un cuadro social que transmite un espíritu de alegría y libertad sin tener que pagar un precio para disfrutarlo. Por lo menos allí se vive, por unas horas, una experiencia de respeto solaz y democracia.

Sin dudarlo, intuyo que las nuevas autoridades ediles sabrán construir su propia imagen de acuerdo con esta necesidad de espacios de recreación gratuitos. Y por qué no sugerirles organizar conciertos, exposiciones de pintura, espacios para grupos de teatro, como lo hace la Fundación Teoxché en el Cerrito del Carmen. Nuestros artistas están esperando la mano amiga de un Alcalde sensible y humanista que conserve el espíritu que busca un espacio de expresión. Con el público ya cuenta.