Lunes 17 DE Febrero DE 2020
Opinión

Fronteras y migraciones

Cerrar las fronteras erigiendo muros y violentando los flujos migratorios puede producir beneficios políticos de corto plazo, pero la evidencia existente parece demostrar que la entrada de migrantes a un territorio tiene enormes beneficios sociales y económicos en el mediano y largo plazo.

Fecha de publicación: 25-01-20
Por: Roberto Blum

Esta semana han vuelto a ser noticia las caravanas de migrantes centroamericanos que intentan llegar a los Estados Unidos, cruzando el territorio mexicano. Sin duda el fenómeno migratorio es complejo. No solo son las fuerzas de atracción que ejercen las mejores condiciones de vida en los países del Norte, sino también las terribles circunstancias, sociales y medioambientales, que expulsan de sus países a esos cientos de miles de personas que desesperadamente intentan alcanzar el “sueño americano” o la seguridad del suelo europeo.

Frente al proceso de la acelerada globalización y el derrumbe de obstáculos al tránsito de bienes y capitales, se ha generado también un proceso contrario: el “nacionalismo nativista”, que plantea la erección de muros infranqueables en las fronteras, para impedir el libre movimiento de bienes y personas.

Si bien parece indudable que la globalización ha traído grandes beneficios sociales y económicos, actualmente se empiezan a percibir con mayor claridad cada día los también efectos negativos del proceso globalizador. No solo es la desigualdad entre los individuos y los países que la globalización está propiciando; sino también, por ejemplo, la rapidez con que se movilizan las personas, que permite la posibilidad de peligrosas pandemias, como resultado de nuevas cepas de virus o bacterias invisibles que viajan fácilmente como huéspedes de cosas, animales o personas de un extremo a otro del planeta. De ahí la necesidad imperiosa de controles en las fronteras.

En la Teoría General de Sistemas (TGS), método interdisciplinario propuesto por Ludwig von Bertalanffy y aplicable lo mismo a la biología que a las ciencias sociales y jurídicas o la cibernética, la realidad misma está compuesta por diversos sistemas interactuantes, que se definen por sus fronteras. Para las células biológicas, sus fronteras son las membranas celulares; para los individuos humanos su frontera física es la piel; y para los Estados nacionales sus fronteras son los límites del territorio que su jurisdicción legal alcanza a cubrir, e incluso podríamos encontrar una expansiva frontera de nuestro planeta.

Sin embargo, la TGS nos enseña que todas las fronteras de los sistemas abiertos son permeables en algún sentido. Todas ellas permiten la entrada de diversos elementos: energía, información y materiales que son procesados y transformados dentro del sistema y que posteriormente vuelven a salir a través de sus fronteras. La vida misma es un proceso de transformación de los sistemas abiertos. Intentar cerrar las fronteras es en cierta forma tratar de reducir la vitalidad del sistema.

Así, cuando observamos la brutalidad de los guardianes de las fronteras estatales frente a las “caravanas de migrantes”, no se puede sentir sino indignación por esas conductas inhumanas y compasión por las personas desesperadas que intentan mejorar o incluso salvar sus vidas y las de sus familias.

Sin duda cada sistema o país tiene filtros en sus fronteras de entrada y de salida, y procesa la energía, la información y los materiales recibidos de manera particular. Los seres humanos y nuestras construcciones corporativas e institucionales somos capaces de imaginar las consecuencias futuras de nuestras acciones presentes y decidir sobre el valor presente y futuro de cada una de ellas, y escoger así las mejores o desechar las peores.

Cerrar las fronteras erigiendo muros y violentando los flujos migratorios puede producir beneficios políticos de corto plazo, pero la evidencia existente parece demostrar que la entrada de migrantes a un territorio tiene enormes beneficios sociales y económicos en el mediano y largo plazo. Cerrar la frontera a la migración de personas es una decisión cruel y extremadamente miope, como lo es el creciente “nacionalismo nativista”.