Martes 25 DE Febrero DE 2020
Opinión

Guerra a los violadores domésticos

Este artículo lo que pretende es resaltar el delito que cometen los hombres en el seno de esas casas de familias que se hacen llamar “honorables”.

Fecha de publicación: 24-01-20
Por: Silvia Tejeda

Esta vez, en concreto, es vital resaltar los casos de las violaciones que se cometen contra empleadas domésticas. Este tipo de jovencitas guatemaltecas que por decenas bajan de lejanos poblados y aldeas buscando trabajo. Quienes, a las pocas semanas, se encuentran violadas y amenazadas para que no hablen sobre lo que les ha pasado. Su propia ingenua naturaleza las confunde sobre si lo ocurrido es parte de las experiencias por las que deben pasar al vivir en la ciudad o si se trata de un daño irreparable a su integridad de mujer.

Como un anatema cultural, nadie les advirtió sobre el riesgo cruel que dentro de la sociedad guatemalteca se corre alguien en las condiciones de ellas. Esta práctica, que va más allá del machismo evidente en el medio en algunos círculos, se acepta, se fomenta y se silencia. Tampoco los padres las advierten de ese peligro, ni su nivel de escolaridad las informan que ser violadas y usadas sexualmente no está dentro de las atribuciones para desempeñarse en algún trabajo; aunque el violador sea el jefe o “el patrón”, dígase el marido o el hijo adolescente de la señora que la emplea.

Esa es la historia de muchas jóvenes que se enfrentan con la perversidad masculina en este país. Este artículo pretende resaltar esa vergonzante práctica medieval cuando el derecho de pernada le daba al dueño de la propiedad la exclusividad de iniciar a las jóvenes en la vivencia de un acto violento y sin amor, marcado por urgencia libidinosa de poseer sexualmente a una adolescente ingenua. Costumbre que en Guatemala se practica bajo una silenciosa complicidad social.

Hace dos días, platiqué con la madre de Maritza. Una niña de 16 años, que habiendo estudiado su tercero básico, la conquistaron en una tienda de la aldea para venir a trabajar a la capital. La madre, sin reflexionar en los riesgos que amenazan a esas niñas, solo vio con esperanza la promesa de recibir dinero extra para la familia y sacar a su hija del ambiente campesino. Nada de la ilusión imaginada resultó. El señor de la casa donde fue a parar, a la tercera noche de estar en ese lugar, la jaloneaba para someterla y tirarla a un sofá. Cuando la sorprendida Maritza no lo permitió y comenzó a gritar, defendiéndose con toda su fuerza, el tipo se contuvo, y no supo qué hacer cuando su mujer acudió a los ruidos. La violación no se pudo llevar a cabo. En ese momento, la niña llorando, llamó a una amiga, la amiga llamó a la madre, y al día siguiente llorosa y desilusionada, iba de regreso en la camioneta para su casa.

Maritza se salvó de engrosar el número de las más de diez mil denuncias por violaciones de mujeres menores de veinte años que recibe el Ministerio Público durante un año. Las estadísticas hablan acerca de que son los hombres cercanos a la vida de estas jóvenes quienes las violan. Trátese del maestro, del pastor, del sacerdote, del jefe, del abuelo, del tío o del padrino. No obstante, este artículo lo que pretende es resaltar el delito que cometen los hombres en el seno de esas casas de familias que se hacen llamar “honorables”, pero que al contrario, no son decentes y pertenecen a un círculo de apañamiento a la inmoralidad y la falta de respeto a la dignidad humana. Que las instituciones especializadas organicen una guerra contra estos violadores que abundan en las casas a puerta cerrada.