Martes 22 DE Septiembre DE 2020
Opinión

LA CANTINA: Díganos, doctor ¿Cómo lo haremos?

Las carencias de los más vulnerables ya no pueden esperar. 

Fecha de publicación: 20-01-20
Por: Nicté Serra

Era de noche, las 7 pasadas. Por razones que no recuerdo, la casa estaba en penumbra, solo una lámpara estaba encendida. Ahora que lo pienso, la oscuridad armonizaba con lo que vivíamos en ese momento.  Tocaron el timbre. Abrí la puerta. Vivíamos en un pequeño condominio, las casas iguales. La nuestra era tierra de mujeres, una madre y cuatro hijas.

No nos conocía, doctor. Llegó porque un amigo en común se lo pidió. Su visita fue importante, no sé si lo sabe. Imposible describir cuán aterradas estábamos. Corría el año 91, principios. Si mal no recuerdo, usted empezaba en EMPAGUA. Han pasado casi 30 años y todo ha cambiado tanto.

Nos visitó, doctor, porque mi hermana, quien entonces tenía 18 años, fue diagnosticada con Esclerosis Múltiple. Una enfermedad absolutamente desconocida en nuestro pequeño mundo. Recordará que en aquellos tiempos la enfermedad era un misterio, sobre todo en Guatemala.

Sus síntomas eran los propios del principio, lo peor ni lo imaginábamos. Usted explicó con lujo de detalles y con el conocimiento de quien la padece y la ha estudiado, de qué va esta enfermedad, aún incurable. Fue sincero, directo, fue dadivoso con su tiempo y con la información. Éramos desconocidas, su generosidad desinteresada. Lo más probable es que no lo recuerde, yo no lo olvido.

Le contó qué pasaba y pasaría en su cuerpo. Describió qué sentiría, qué funciones perdería para siempre, explicó síntomas y consecuencias. Le habló de frustración y determinación, de cómo usted sintió a veces ganas de morir. Ese día conversamos por vez primera con alguien que padece la misma enfermedad. Todo se cumplió ¿sabe? Todo y mucho más. Mi hermana hoy tiene 47 años, está en silla de ruedas, totalmente discapacitada. Facultades de todo tipo han quedado tiradas en los veintimuchos años transcurridos desde aquella noche. En esta enfermedad, casi nadie se libra de sillas de ruedas, sondas, inyecciones diarias y un sinfín de artilugios para sobrevivir. Pero bueno, eso usted ya lo sabe.

Pocas personas nacen con afán de lucha perenne, con la voluntad suficientemente densa, doctor. La suya está por atravesar la gran prueba. Las enfermedades que aquejan a Guatemala necesitan, entre tantos más, el remedio de la determinación. El escepticismo es una epidemia que nos ha contagiado a muchos. La impunidad, la corrupción, el sistema de justicia fallido, las agendas ocultas son las principales causas. Escribir de política no es lo mío. Se requiere de la solvencia que otorga el conocimiento profundo de la materia. No lo tengo. Soy una simple ciudadana con buena memoria, que ha vivido ya muchos gobiernos y escuchado sinfín de promesas.

Observo detenidamente los males, esos sí los conozco. La educación, un derecho de todos que todavía es privilegio de algunos, y la consecuente desigualdad, están en alerta roja. La insuficiente cobertura de servicios de salud, la desnutrición crónica, el abandono de los más vulnerables –niños, discapacitados, ancianos– también son gritos desesperados.

Padecemos otros males, sí. Sin embargo, los anteriores atañen directamente a seres humanos, la principal responsabilidad de un mandatario y de su equipo. La deuda social, tan antigua en Guatemala, es la más juzgada por la historia.

Dirigir al país se parece a sobrellevar la enfermedad. Requiere, entre mil cosas, temple y foco, decisión, nadar contracorriente, cambiar hábitos desde la raíz. Tal como exhortó a mi hermana hace tanto, no permita que los síntomas ganen la partida. Cuéntenos, Señor Presidente ¿Cómo haremos todo esto? ¿Por dónde empezar?