Sábado 30 DE Mayo DE 2020
Opinión

Días del Olimpo

Viaje al centro de los libros

Fecha de publicación: 14-01-20
Por: Méndez Vides

La novela Días del Olimpo del salvadoreño Miguel Huezo Mixco es su nuevo aporte narrativo, una continuación a las dos obras anteriores, donde desentraña con nostalgia y buen humor el relato del pasado, la vida en los días del conflicto armado. Como siempre, Huezo aborda temas serios, pero sin solemnidad, con humor. Esta novedad apenas está saliendo como pan caliente, lista para saborearse y meterle la mordida.

La novela parte del descubrimiento de un cadáver mutilado, y los efectos del hecho sangriento en un grupo de personajes que acuden en sus horas libres a una discoteca gay de San Salvador, cuando el único que podría aclarar el crimen decide guardar silencio.

La obra está repleta de anécdotas y personajes que van alimentando el interés, como el caso del maestro Roverso, un ajedrecista del Club Cuscatlán que influyó en la vida del padre del protagonista, de quien cuenta la historia en un pasaje memorable de cuando fueron censurados en su programa de radio por su afición a la apología de ajedrecistas rusos, como Kárpov, Kaspárov o Spassky, lo que alertó a las autoridades de entonces en plena Guerra Fría. Para mantener vivo el espíritu de propagación del juego inteligente, Roverso se dedica a ir de municipio en municipio a realizar partidas simultáneas contra los jugadores locales, a quienes vencía en fila, en medio de las actividades de feria. Y en una de esas llegó a Nejapa, al instituto Vicente Acosta, a enfrentar una fila de diez muchachos, entre quienes estaba incluido el papá del narrador ficticio. El desafío se llevó a cabo en una cancha de basquetbol, al lado de la estación ferroviaria. Roverso se plantó ante los oponentes, seguro y decidido a vencerlos a todos, y lo fue haciendo con gran rapidez, tumbándoles el rey, pero el niño audaz se defendió fieramente poniendo sus caballos de espaldas como práctica inusual de jugador supersticioso, y no cayó en las trampas que Roverso le iba tendiendo, por intuición o ingenuidad, y logró el empate. El hecho extraordinario enriqueció el festejo, y entonces aparece un diálogo de antología entre el avergonzado retador y el muchacho que no se dejó vencer. Es allí cuando Roverso comprende que cada uno estaba jugando en su propio sentido, que las mentes no estuvieron conectadas, que el niño nunca se percató del sacrificio que el experto tuvo que hacer para defenderse y librarse de la humillación.

Un libro centroamericano para disfrutar a principios de año.