Domingo 5 DE Abril DE 2020
Opinión

La pobreza es hija de la desigualdad

El crecimiento económico es necesario, pero insuficiente.

Fecha de publicación: 23-12-19
Por: Édgar Gutiérrez

No se puede enfrentar con éxito y de manera sostenible la pobreza, sin obstruir su fuente: la desigualdad social. Se es pobre cuando las necesidades básicas están insatisfechas, por lo cual no se alcanza un nivel de vida mínimo. ¿Por qué el pobre es pobre? Por lo general porque se nace en una familia de escasos recursos. La pobreza en nuestro medio es crónica, no pasajera. A esas familias ni el Estado ni el mercado les dieron el chance de acceder a una buena alimentación, un sistema sanitario decente y educación de calidad. 

Ya adultas, las personas pobres no podrán por lo general aspirar a un empleo bien remunerado y a poseer activos, salvo una de cada diez, por voluntad y talento excepcionales o por oportunidades fortuitas. La llamada meritocracia esconde que el punto de partida económico es desigual. Tras 5 mil años de arduo trabajo por construir la civilización, ¿nos seguimos conformando con estas arcaicas reglas del juego?

Por lo general, el nivel de productividad de las personas que nacieron en hogares pobres, será bajo; estarán excluidas de las esferas institucionales, sociales y políticas donde se toman las decisiones, y serán más vulnerable ante los recurrentes desastres naturales.

¿Por qué no hay más oportunidades para los pobres? Porque las políticas públicas no los priorizan. Los pobres fueron marginados por distintos tipos de discriminación, en nuestro caso, marcadamente, étnica y de género. Esas discriminaciones son las raíces de la pobreza.

En nuestro medio es urgente el debate sobre desigualdad social, porque el país no es pobre, y la riqueza no abre oportunidades. Los escasos recursos públicos están mal orientados y se los roban; además, el curso de la política económica de las últimas tres décadas dilató la brecha de la desigualdad social. Renunciamos a las políticas universales y empezamos a aplicar programas focalizados, aun así, el 70 por ciento de la asistencia técnica pública no beneficia a la población empobrecida. 

Para reducir la brecha de la desigualdad social, o sea, desbloquear las oportunidades no es condición vulnerar la propiedad privada, pero sí activar tres rutas de política económica: inversión pública (8 por ciento del PIB) que priorice a las poblaciones abandonadas, liberar los mercados y eliminar los privilegios (obtenidos manipulando la alta política). 

El debate sobre desigualdad social no es ideológico. El crecimiento económico es necesario, pero insuficiente para producir desarrollo. Las sociedades menos desiguales se desarrollan porque crecen sostenidamente. Ese crecimiento, basado en oportunidades, eleva la productividad y abre paso a clases medias robustas. Reducen de manera considerable la pobreza, alcanzan seguridad física y gobernanza (relación virtuosa entre gobernantes y gobernados) y los distintos estratos sociales acceden razonablemente a la justicia. Es mentira que en sociedades atrozmente desiguales como la nuestra hay igualdad ante la ley. Al cabo la desigualdad social es gemela del desequilibrio de poder, y provocan un círculo vicioso.

A algunos les hace ruido el término desigualdad social. Creen sinceramente que representa una amenaza, que encubiertamente filtra “ideas socialistas”. Subrayan que somos individualmente distintos y cada quien obtiene lo que su trabajo, dedicación y talento le permiten. Sería cierto si todos tienen más o menos las mismas oportunidades. Pero acá en la competencia individual unos pocos corren en un Lamborghini y muchos, con suerte, en un pichirilo. 

A los pudientes les dieron el pez y les enseñaron a pescar, y si no pescan de todos modos tienen el pescado en la mesa. Es una diferencia importante con quienes no tuvieron escuela de pesca, y cuando finalmente les dan el pez (transferencias condicionadas) aquellos reclaman.