Sábado 18 DE Enero DE 2020
Opinión

El significado del acoso

Aportes para un debate social pendiente.

Fecha de publicación: 14-12-19
Por: Maya Alvarado / La Cuerda

A raíz de las denuncias recientes de acoso sexual, por parte de hombres con algún nivel de incidencia social, en Guatemala y a nivel mundial, se ha generado un debate sobre la pertinencia o no de someter estos hechos al escrutinio público. Aunque es un tema relevante, nos parece que sin desentrañar lo que es el acoso, se convierte en cortina de humo de lo que en realidad subyace.

Comprender el significado del acoso, en términos de hechos, emociones, experiencias de vida, condicionantes sociales, relaciones de poder y otras variables, es imperativo para erradicarlo como práctica social normalizada, principalmente vinculada a la masculinidad.

El racismo, clasismo o heterosexualidad como régimen disciplinario, han sido la base del adiestramiento en el silencio y la obediencia, para hacer que internalicemos la indefensión, como una narrativa aceptada socialmente, de tal manera que cuando hemos padecido alguna violencia, nos es difícil verbalizarla desde otra perspectiva: desde la perspectiva de sujetas, personas con voz en todo momento, con cuerpos tan poderosos que el sistema de dominación requiere controlar.

La sexualización es una categoría de análisis propuesta por lesbianas feministas, se basa en la construcción social de contenidos dicotómicos jerarquizados a partir de marcas corporales, en este caso el sexo. Este proceso es complejo, no se trata solo de la asignación de conductas y roles. Legitima la explotación física y emocional de determinados cuerpos sexualizados como “mujeres”, a los que se les exige asumir formas pasivas de reaccionar a las agresiones socialmente aceptadas.

Las personas sexualizadas como mujeres han aprendido la indefensión, ese mecanismo que hace que no reconozcamos cuando el peligro acecha, que no tengamos herramientas para enfrentarlo, sea cual sea nuestra formación y grado académico, para responder de inmediato al acoso en cualquier lugar donde suceda, y provenga de quien provenga: conocido, desconocido, familiar, amigo, compañero de trabajo o de organización, conviviente, “jefe”, funcionario civil o militar.

Por otro lado, las personas sexualizadas como hombres, debido a la normalización, no necesariamente tienen conciencia de las violencias que cometen, pero esto no les quita responsabilidad. Muchos de ellos, por más “conciencia” que hayan desarrollado, no cuestionan su “privilegio” asignado socialmente. Todos tienen responsabilidad para interpretar que un “NO” es un “NO”, en el momento y lugar que este ocurra, y que el acceso forzado a otro cuerpo o subjetividad, ya sea por la manipulación de las circunstancias o la agresión directa, es violencia.

Las narrativas suscitadas develan diferentes perspectivas para el abordaje de estos hechos reprochables y grotescos contra mujeres, jóvenes y niñas de diferentes pueblos, clases sociales y niveles académicos o profesionales. Un paso importante ha sido romper el silencio, rebelarse. Ello implica una valentía que requiere cobijo, acuerpamiento y reflexión colectiva, entre mujeres pero también con otras personas, principalmente de movimientos sociales que dicen defender la justicia social.

Necesitamos dialogar y repensarnos como sociedad, pero un punto de partida irrenunciable es la eliminación del acoso y la violencia sexual.