Viernes 24 DE Enero DE 2020
Opinión

De los “Tiempos Recios” de nuestra historia

Escribo todo ello, ahora que ya algunos de los escritores guatemaltecos han dicho esta boca es mía, es decir, escrito algo sobre “Tiempos Recios”.

Fecha de publicación: 14-12-19
Por: Eduardo Antonio Velásquez Carrera

Tuvo que ser en las bibliotecas de la Universidad de San Carlos de Guatemala –Usac– o bien por la recordada Revista Alero que fui leyendo poco a poco algunos de los artículos, ensayos y libros; algo de lo escrito por los exiliados guatemaltecos, antiguos revolucionarios de octubre que se encontraban fuera del país. Sin embargo, a pesar de haber sido alumno del magnífico profesor José Severo Martínez Peláez, en el histórico curso de Historia Económica de Centroamérica que coordinara e impartiera en la Facultad de Ciencias Económicas de la Usac; era poco el tiempo que se le dedicaba y en consecuencia lo que leíamos sobre la Revolución de Octubre de 1944-1954. Fue gracias a mi estancia de seis años aproximadamente en la Universidad de Sao Paulo –USP–, República Federativa del Brasil que pude ir leyendo la extensa bibliografía que sobre el período mencionado se contaba en las diversas bibliotecas de la USP, desde economía, ciencia política e historia, de tal proceso revolucionario en nuestro país. De ello, hace 25 años publiqué dos tomos de los antiguos artículos y ensayos que pude fotocopiar gracias al estipendio que el Banco Interamericano de Desarrollo –BID– nos otorgaba a los becarios latinoamericanos en Sao Paulo. Hay que recordar, que en mi familia y en nuestro querido colegio salesiano Don Bosco, el tema se tocaba poco y que en el Colegio más bien nos enseñaron a satanizar a Jacobo Árbenz. En suma, lo que los estudiantes de entonces sabíamos era muy poco de historia y ciencias sociales en nuestro país. Hablo del periodo formativo de nuestra infancia y adolescencia, 1962-1973. Fueron grandes intelectuales guatemaltecos como Manuel Galich, Jaime Díaz Rozzotto, Mario Monteforte Toledo, Raúl Osegueda, Luis Cardoza y Aragón, Miguel Ángel Asturias, el propio Juan José Arévalo Bermejo, con la fábula “El Tiburón y las Sardinas” entre otros quienes publicaron sus libros, con mucha dificultad en ciudades como Montevideo, Buenos Aires y México, en donde se encontraban exiliados. Es decir, que quienes denunciaron la atrocidad cometida por el imperio estadounidense en Guatemala en junio-julio de 1954 fueron guatemaltecos y no extranjeros. Por aquellos días del Brasil, recuerdo haber leído “Por qué lucha Guatemala” de Galich, “La Revolución Guatemalteca” y “Guatemala, las líneas de su mano” de Luis Cardoza y Aragón, la trilogía bananera “Viento Fuerte”, “El Papa Verde” y “Los ojos de los enterrados” de Miguel Ángel Asturias, en la que denunciaba la llegada, estancia de Minor Cooper Keith –The Green Pope– comandando la United Fruit Company y la estampida de saqueo, dolor y muerte que dejó a su paso en nuestro país y naturalmente poco después “Weekend en Guatemala”, con su magistral e inigualable “Torotumbo”, así en portugués de nuestro flamante Premio Nobel de Literatura de 1967, el segundo logrado por un americano, mucho antes que el nobel peruano que tanto ruido ha llegado a meter a la desmemoriada Guatemala, que por cierto no sabe que ya Miguel Ángel era un gran señor en París y en el mundo, cuando Vargas Llosa era todavía un patojo imberbe y desconocido, cuya generación tanto le debe a otros latinoamericanos ilustres que pasaron antes por la Ciudad Luz y que abrieron la brecha de lo que luego sería el famoso boom latinoamericano, del que el gran escritor colombiano, Gabriel García Márquez sería un referente indiscutible. Otro nobel latinoamericano antes que él. Alejo Carpentier, Claudio Portinari, Roa Bastos, Pablo Neruda y demás verdaderas gemas latinoamericanas. Escribo todo ello, ahora que ya algunos de los escritores guatemaltecos han dicho esta boca es mía, es decir, escrito algo sobre “Tiempos Recios”, artículos o ensayos como el de Dante Liano, Fernando González Davison, Mario Roberto Morales, Carlos López, Javier Payeras, José Luis Perdomo, etcétera. No extraña pues, que no hayan sido invitados a conversar con el nobel peruano, ninguno de ellos, según los relatos que he podido leer aquí en Lima y en Buenos Aires, en donde pasé algunos días.