Lunes 6 DE Julio DE 2020
Opinión

Día Internacional contra la Corrupción

Fecha de publicación: 10-12-19

El 31 de octubre de 2003, la Asamblea General de la ONU, a través de la resolución 58/4 “decide que, a fin de aumentar la sensibilización respecto de la corrupción, así como del papel que puede desempeñar la Convención para combatirla y prevenirla, se proclame el 9 de diciembre Día Internacional contra la Corrupción”.

Según la ONU, se sabe que en los países en los que se perciben altos niveles de corrupción, el ingreso per cápita es menor; la distribución del ingreso es más injusta; hay bajos niveles de inversión extranjera y nacional, así como bajos niveles de crecimiento económico. El grado de desarrollo de un país está relacionado negativamente con los niveles de percepción de la corrupción, por lo que podemos decir que ésta es una de las características del subdesarrollo.

Asimismo, la corrupción hace que se destinen recursos públicos a proyectos en los que hay más probabilidades de obtener un beneficio personal, mejor conocidos como “elefantes blancos”, a costa de las prioridades del desarrollo del municipio, del estado o del país. Estos “paquidermos” no solamente alejan recursos de las necesidades reales de inversión, sino que con el afán de lucro, sus promotores suelen transgredir normas de seguridad y de protección al ambiente, causando pérdidas adicionales para la sociedad y para el ecosistema.

Por otro lado, el relajamiento en las normas jurídicas promueve la corrupción, favorece el fraude, la evasión fiscal y el crecimiento de economías informales. La corrupción también lastima a los sistemas de procuración e impartición de justicia y reduce en general la calidad de los servicios públicos. La corrupción no solamente genera más corrupción, sino que promueve la impunidad y limita la capacidad de los gobiernos para combatirla, creando un círculo vicioso que de no detenerse, puede crecer y volverse incontrolable.

La corrupción en nuestro país sigue corroyendo toda la estructura estatal. Esto está redundando en una profunda desinstitucionalización, es decir en una devastadora erosión de las instituciones estatales, que favorece y alimenta el desorden, la anarquía, la inseguridad, la injusticia y el caos.

En todo caso, los politiqueros siempre están prestos a endeudar más al Estado y a exigir más dinero a los contribuyentes, como que si no fueran suficientes los millardos de quetzales que anualmente se les entregan por vía de los impuestos. Ningún dinero les satisface, nada es suficiente.

Sobre la calidad del gasto público ni mencionarla, ya que solo hay boca para pedir más, pero no hay oídos para escuchar y atender el clamor popular por la mejora de los servicios de seguridad, justicia, educación, salud, etcétera. Tampoco hay voluntad por transparentar las finanzas públicas, ni por rendir cuentas y lograr la tan anhelada eficacia fiscal.

¡Ay de nosotros!