Lunes 6 DE Julio DE 2020
Opinión

Carlos Gregorio Hernández Vásquez

La muerte no debe ser un espectáculo, pero sí un llamado a la indignación porque ninguna persona, menos un menor debe morir encarcelado por buscar una vida digna.

Fecha de publicación: 09-12-19
Por: María Aguilar

La semana pasada la agencia de noticias Propublica publicó un video que muestra los últimos momentos de vida de Carlos Gregorio Hernández Vásquez, un joven migrante de 16 años que murió bajo la custodia de la Guardia Fronteriza de Estados Unidos hace siete meses. Carlos era achí, originario de Cubulco y su muerte se une a la de otros niños y jóvenes indígenas de Guatemala que están muriendo, por la acción directa de la patrulla fronteriza como fue el caso de Claudia Patricia Gómez o por la crueldad y negligencia de las autoridades estadounidenses. 

En el comunicado sobre la muerte de Carlos, la cancillería se limitó a expresar sus condolencias a la familia y posteriormente, los culpó de la muerte, haciendo un enérgico llamado “a los padres de familia a no exponer la vida de sus hijos al enviarlos a un viaje de manera irregular a Estados Unidos, porque es peligroso y en algunos casos utilizan traficantes de personas lo que constituye un grave riesgo para los niños y adolescentes”. 

Mientras, el comunicado de la patrulla fronteriza, emitido el día de la muerte de Carlos, dice: “los hombres y mujeres de la Patrulla Fronteriza se entristecen por la trágica muerte de este joven y nuestras condolencias están con su familia [estamos] comprometidos a proveer salud, seguridad, y un trato humano a los que están bajo nuestra custodia”. 

Sin embargo, el video de Propublica, así como el número de muertes de niños que esta agencia lleva acumulando demuestran lo contrario a lo expresado en el comunicado. Las imágenes son extremadamente dolorosas. En ellas se observa a un joven enfermo compartiendo una celda sin camas con otro joven enfermo. Ambos tienen solo mantas térmicas de aluminio para cubrirse, mientras el piso, en donde están, se ve mojado. El video muestra a Carlos caer al suelo dos veces y terminar agonizando, hasta que finalmente muere en el espacio designado para el baño. El cadáver de Carlos pasa horas tirado en el suelo hasta que su compañero de celda, al despertarse alerta al personal del centro de detención. Horas antes de su muerte, Carlos se encontraba en un centro de procesamiento de migrantes donde una enfermera lo examinó y determinó que, si la fiebre de 103 grados no bajaba, en dos horas el menor debía ser llevado a la emergencia de un hospital. Eso nunca lo hicieron. Las autoridades migratorias en vez de proveer cuidado médico transfirieron al menor a una celda en un centro de cuarentena que fue donde murió. Esto no es un trato “humano”.

Los padres de Carlos se opusieron a la publicación del video de su muerte y están en su derecho. La muerte no debe ser un espectáculo, pero sí un llamado a la indignación porque ninguna persona, menos un menor debe morir encarcelado por buscar una vida digna.