Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
Opinión

La muerte de “Cara de Hacha”

Joe me presentaba con sus compañeros de clase, según él graciosamente, como un estudiante “de intercambio” que venía de un país “donde hacía poco los comunistas mataron al Presidente”. Eso a mí me llevó a más de una confrontación con otros adolescentes, que me provocaban diciendo que yo venía de “un país de comunistas asesinos”. Por eso, cuando el 22 de noviembre de 1963 asesinaron al Presidente John F. Kennedy en Dallas, Texas, Mrs. Bailey, la madre de Joe, me dijo que no fuera al colegio por unos días y Mr. Bailey puso la bandera “americana” de su casa, en Newport, Minnesota, a media asta. Al final de la mañana del domingo 24 de noviembre, mientras observaba con detenimiento las noticias televisadas (una novedad para un chapín como yo), vi “en vivo” (aunque entonces aún en blanco y negro) cómo Jack Ruby –un hampón de poca monta– le pegaba un par de balazos ¡frente a las cámaras! a Lee Harvey Oswald, el principal sospechoso del magnicidio. Walter Cronkite, el famoso “anchorman” de CBS, sin poder reprimir el exabrupto, exclamó: “ya nunca sabremos realmente quién mandó a matar a Kennedy”. Esa noche, en un arrebato de sinceridad del que después se arrepintió, Joe me dijo: “lo peor de todo es que ahora vas a creer que mi país es como el tuyo…”’–Extracto de una novela histórica en construcción.

Fecha de publicación: 03-12-19
Por: Lionel Toriello

Cuando Guillermo Toriello Garrido, canciller del gobierno arbencista, solicitó a mediados de 1954 al Consejo de Seguridad de las NN. UU. audiencia para presentar la abundante evidencia acerca de la intervención de los EE. UU. en los asuntos internos de Guatemala, los ingleses, cuyos servicios de inteligencia sabían perfectamente el altísimo grado de involucramiento de los gringos en el complot para derrocar a Árbenz (su “radio Liberación”, con programas inicialmente grabados en Florida y transmitidos desde Honduras; los “sulfatos”, aviones P-47 basados en la Managua de Somoza que invadían periódica e impunemente el espacio aéreo guatemalteco disparando y diseminando “volantes anticomunistas”; los barcos hundidos o detenidos por traer pertrechos para el Ejército de Guatemala, sin que mediara declaración de guerra; los sobornos e intimidaciones del embajador John Peurifoy a algunos altos oficiales del Ejército, etcétera) le reclamaron moderación a Henry Cabot Lodge (exdirector y accionista principal de la United Fruit Company-UFCO, además de Embajador de EE. UU. ante la ONU). Los ingleses, alarmados, le dijeron a Cabot Lodge que su enfática y pública condena de la intervención soviética en Corea un par de años antes, les impedía condonar las acciones de EE. UU. en Guatemala, sin caer en el ridículo. El asunto, cada vez más obvio y claramente ilegal, fue finalmente abordado directamente entre Eisenhower y Churchill, acompañados por sus cancilleres, John Foster Dulles (también, al igual que su hermano Allen, Jefe de la CIA, exdirectores, asesores y accionistas principales de la UFCO) y Sir Robert Anthony Eden, en Washington, en tensa reunión, recientemente revelada por la “desclasificación” de documentos anteriormente secretos del Departamento de Estado norteamericano. Los ingleses (después de que la ceniza del puro de Churchill cayera sobre el mapa y este reveladoramente dijera: “Where the hell is bloody Guatemala?”), terminaron pactando con los norteamericanos que “se harían de la vista gorda” en el Consejo de Seguridad sobre el caso (pidiendo que el tema lo conociera previamente la OEA, donde vía “tortuguismo” le darían tiempo suficiente a la “Operation PB Success” para derrocar alCanche”), a cambio de que los norteamericanos “les devolvieran el favor” cuando ellos tuvieran que reprimir a Gamal Abdel Nasser, que agitaba a los nacionalistas árabes, con la pretensión de tomar para el Estado Egipcio el Canal de Suez. Los gringos “habían escogido” a Carlos Castillo Armas entre una lista de aspirantes a encabezar al “Ejército de Liberación”, porque era más “aindiado” que los otros y así luciría como un rebelde “más genuino”, en una Guatemala donde el odio entre “derechistas” e “izquierdistas” ya estaba a flor de piel. A finales de 1956, Nasser efectivamente tomó el Canal de Suez, sin que los norteamericanos respaldaran a los ingleses, cuando junto a Francia e Israel, trataron de impedirlo militarmente. Contrario a lo ofrecido a los británicos cuando pactaron no oponerse a la evidente intervención de los EE. UU. en el caso de Guatemala, los “americanos”, en inusual acuerdo con la Unión Soviética, presionaron al Reino Unido para abandonar sus pretensiones en Egipto, humillación que resultaría en la caída de Anthony Eden como primer ministro británico. Se atribuye a Dulles (que no “tragaba” al inglés desde la reunión sobre Guatemala en Washington) haber respondido al reclamo de Eden, en referencia a la supuesta “relación especial” entre sus respectivos países, así: “las naciones no tienen amigos, solo tienen intereses”…

El 2 de agosto de 1954, un pequeño grupo de cadetes de la Escuela Politécnica, recién salidos de la adolescencia pero empeñados en rescatar “el honor nacional” y motivados por su abanderado, el sargento segundo Jorge Luis Araneda, atacó (con saldo de muertos y heridos de ambas partes, entre los cuales estuvo Araneda) al “Ejército de Liberación Nacional”. Este estaba acuartelado en “los campos del Roosevelt”, donde se construía, con ayuda norteamericana, el futuro Hospital. Pretendían demostrar que el Ejército de Guatemala “nunca había sido vencido” por el desarrapado ejército mercenario, sino simplemente traicionado por sus comandantes, quienes “no los habían dejado luchar”. El asunto evidenció profundas y peligrosas fisuras en el Ejército guatemalteco, algunas de cuyas unidades apoyaron moralmente la acción de los cadetes. Los “liberacionistas” vencidos no fueron fusilados, a ruego del capellán de los cadetes, pero fueron obligados a caminar por las calles con las manos en la cabeza hasta la Estación del Ferrocarril, partiendo, desarmados y humillados, a sus pueblos de origen. Castillo Armas, solicitando la intervención del Arzobispo “sor Pijije” y del capellán de los cadetes “sor Cotuzo” (futuro Arzobispo y Cardenal Mario Casariego y Acevedo) “como garantes”, ofreció a los alzados disolver formalmente a la milicia irregular y concederles a ellos amnistía, a cambio del cese de hostilidades. Pero ya de nuevo en control de la situación y presionado por Peurifoy, contradijo sus ofrecimientos: ordenó que los cadetes alzados, ya de vuelta en el cuartel, fueran arrestados y que se les iniciaran juicios militares (“cortes marciales”) que podían terminar en fusilamiento por traición de los cadetes adolescentes. La Escuela Politécnica fue temporalmente cerrada, en lo que se “reorganizaba”, pues los “liberacionistas” de escritorio la consideraban un “hervidero” de simpatizantes de Árbenz. La mayoría de los casos contra los cadetes no llegó a término legal, sin embargo, pues “Cara de Hacha” fue asesinado el 26 de julio de 1957 en la Casa Presidencial. La versión oficial fue que el autor del crimen era un oscuro y suicida soldado “comunista” (al estilo de Lee Harvey Oswald, unos años después) que se había infiltrado en la Guardia Presidencial…

Hoy, el peruano Mario Vargas Llosa, dándole “sabor” a una “secuela” de su exitosa novela del 2000, “La fiesta del Chivo”, sobre el asesinato de Trujillo, “le echa el muerto” al infame Johnny Abbes García, entonces aspirante a “esbirro en jefe” del supuestamente desairado tirano dominicano. Pero yo sé que una de las primeras “madres angustiadas” guatemaltecas, buscando que liberaran a su hijo, el cadete César Augusto Escoto (de 17 años) de la prisión, fue a reclamarle a “monseñor” Rossell Arellano que hiciera valer “su garantía” frente a Castillo Armas y exigiera la amnistía prometida a los cadetes. Sor Pijije, como Pilatos, “se lavó las manos” y ella, viuda piadosa profundamente decepcionada, se sintió abandonada por la religión católica de su infancia. Tras vender todas sus posesiones en Guatemala, en cuanto pudo, se fue a vivir con sus hijos a Nueva Orleans con la intención de no volver jamás. La muerte de Castillo Armas, para ella, tenía una explicación distinta a la del peruano…como dijo mi “Nana Carmen” el 27 de julio de ese año, mientras me preparaba para recibir, ese día inolvidable, “mi primera comunión” en la iglesia de La Merced: “a ese señor, mijo, lo castigó Dios”…