Viernes 13 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Láminas: ¿importarlas o producirlas?

Existe evidencia de que la industria manufacturera es el principal motor del crecimiento económico y de la productividad. Luis René Cáceres.

Fecha de publicación: 27-11-19
Por: Edgar Balsells

En la actualidad el Ministerio de Economía de Guatemala se encuentra realizando un estudio económico del mercado guatemalteco y las empresas que producen e importan productos laminados. Al igual que como lo vienen solicitando los productores mexicanos y colombianos, la industria local solicita que el Estado actúe ante la invasión de las importaciones provenientes de China y Corea del sur, siendo que en nuestro caso, como el pez grande se come al chico, los propios colombianos y mexicanos, ya con sus medidas proteccionistas estarían invadiendo el mercado guatemalteco, si no nos ponemos pilas.

Es sabido en los corredores del mundo de los negocios que las reticencias de la Cámara de Industria para aceptar del todo el acuerdo comercial con Corea del Sur viene precisamente de los metalúrgicos quienes, como sucede en todo el mundo, incluso en los propios Estados Unidos, solicitan de sus gobiernos diversas medidas denominadas de salvaguardia del mercado nacional.

Vemos en la ciudad capital y en Quetzaltenango principalmente, que los métodos de producción vienen abundando en, ya sea estructuras metálicas en lugar de madera y concreto, y en techos, pérgolas y demás, siendo que destaca hoy en día en Cuatro Grados Norte, frente al edificio central del Banco Industrial, un complejo nuevo de varios edificios de apartamentos y oficinas con construcciones novedosas de este tipo.

Con ello estamos retornando entonces a las viejas controversias de las décadas doradas de la integración centroamericana: protegemos nuestras industrias, para impulsar la ingeniería local, o nos convertimos simplemente en importadores y comerciantes bodegueros y detallistas, dejando que colombianos, mexicanos, italianos, coreanos, chinos y demás se industrialicen, mientras que nosotros empujamos una economía tipo Panamá o Islas Caimanes, abriendo fronteras a la economía real y las finanzas, como todo un paraíso fiscal.

Lógico resulta ser que, si nos encaminamos a fortalecer los monopolios acereros o lamineros, es vital que estos paguen correctamente sus impuestos y no se constituyan en sociedades privadas ubicadas en recintos fiscales oscuros, tal y como hoy se observa con algunas empresas industriales del medio, que omito mencionar expresamente, para no lastimar susceptibilidades.

La controversia esa de importar o producir internamente es más vieja que la cuaresma y se plantea clásicamente desde los tiempos del notable economista inglés David Ricardo, quien recomendaba a los países del sur (y el ejemplo de Portugal versus Inglaterra es de libro de texto) especializarse en la agroindustria de vino, ron de caña y productos livianos por el estilo, mientras que ellos, los ingleses, producían vestido, máquinas de vapor y todos los dispositivos de la ingeniería moderna. Cien años más tarde, los primeros sesudos economistas latinoamericanos, a partir de 1950, muy bien dijeron que si de eso se trataban los trances internacionales, ello era como intercambiar oro por espejitos.

El libre comercio y la libertad de mercado por estos lares tiene ideas fijas y tan dogmáticas como el estribillo ese que el déficit fiscal y el “desfinanciamiento” del presupuesto provocará inflación. Y es que cuando en el mundo estos mitos vienen haciéndose pedazos, teóricamente hablando, aquí seguimos siendo más papistas que el papa, gracias al predicado dogmático de varios centros de pensamiento predominantes.

Lo cierto del todo es que no hay que investigar mucho para enterarse que los productores mexicanos y colombianos vienen buscando protección frente a los chinos, coreanos, italianos y otros emergentes. ¿por qué no hacerlo nosotros de una manera sabia y cuidadosa?

Los tratadistas serios que se ocupan de estos temas vienen mostrando que la desindustrialización de las economías centroamericanas es una causa fundamental de la pobreza y la migración. Entonces, una política industrial de nuevo cuño resulta ser un desafío impostergable, principalmente porque sostener un tipo de cambio para importar, en base a remesas, es a futuro: un suicidio colectivo.