Lunes 10 DE Agosto DE 2020
Opinión

Deconstruyendo la mentalidad tercermundista

La firma de la paz en un conflicto armado no puede soslayar violaciones graves a los derechos humanos, ese es el otro tema que algunos inconscientes no terminan de entender y con ello nos retratan de cuerpo entero como el país ignorante y subdesarrollado que somos.

Fecha de publicación: 27-11-19
Por: Italo Antoniotti

Los tratados internacionales que han surgido durante el siglo XX desde la fallida Liga de las Naciones hasta la Organización de Naciones Unidas, han permitido al mundo a partir de 1945 alcanzar la mayor de las libertades en su historia y disminuir significativamente los conflictos armados a gran escala.

El orden internacional es por supuesto un modelo muy alejado del ideal que muchos tendríamos y la crítica siempre es importante para lograr avances en su eficiencia; no obstante, es innegable que las superpotencias han logrado respetar un foro para dirimir sus problemas, el cual a su vez, ha servido para reducir sustancialmente los abusos de naciones poderosas contra países más débiles.

Darse el lujo de ignorar las cortes internacionales como las referentes a derechos humanos es privilegio de gobiernos con un amplio poderío militar con peso a nivel internacional; pese a ello, varias superpotencias con arsenales nucleares importantes se han adherido a la Corte Internacional Penal y son pocos quienes no se someten a ese fuero para evitar cuentas ante un ente mundial que no controlarían.

Organizaciones como la Corte Interamericana de Derechos Humanos son fundamentales para garantizar mínimos que permitan conservar libertades y soberanía para países similares a Guatemala; desconocer estos foros como si fuéramos Estados Unidos, Francia, Rusia o Inglaterra es parte de los tiros en el pie que algunos buscan nos causemos.

La pena de muerte si bien es una medida popular en sociedades ignorantes –recordemos que ser una nación rica no implica que su población sea educada, una muestra es el auge del populismo proteccionista y xenófobo que ha resurgido en el primer mundo– se ha demostrado inútil como disuasivo para erradicar la violencia en una población determinada; por ello quizá solo sea común denominador en países totalitarios y persista apenas en un país del primer mundo.

Me refiero a lo anterior porque hay algunos que buscan denunciar el tratado de la Corte Interamericana para su vigencia. Debilitar a estas organizaciones internacionales es vulnerarnos y perder garantías para evitar abusos en el futuro; no obstante, una característica de Guatemala últimamente es su miopía diplomática.

Lo mismo ocurre con las famosas amnistías y leyes de punto final para crímenes de lesa humanidad –al mejor estilo de los países sudamericanos a inicios de los ochenta–. Desde su creación en la Atenas de la guerra civil a finales del siglo V antes de Cristo, el término “amnistía” significó “olvido de daños sufridos” y fue para delitos políticos –el fin era eximir a los 30 tiranos y sus adláteres oligarcas–; empero, su aplicación era muy clara hacia hechos que no fueran de sangre; es decir, agresiones físicas o asesinatos nunca estuvieron enmarcados en la primera amnistía ateniense, pues era claro que incidentes de esa naturaleza son imperdonables para los ciudadanos que los padecen.

Ese concepto ha prevalecido a lo largo de la historia y ahora que finalmente el mundo cuenta con un orden internacional relativamente estable, la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad refleja esa tradición occidental que tuvo su génesis en los antiguos griegos y fue verbalizada durante la revolución francesa. La firma de la paz en un conflicto armado no puede soslayar violaciones graves a los derechos humanos, ese es el otro tema que algunos inconscientes no terminan de entender y con ello nos retratan de cuerpo entero como el país ignorante y subdesarrollado que somos.

Así, paulatinamente, construimos nuestra narrativa como nación…