Lunes 9 DE Diciembre DE 2019
Opinión

El costo social de las malas carreteras

“El costo de oportunidad de una decisión es el valor del bien o servicio al que se renuncia”.

Fecha de publicación: 16-11-19
Por: Juan carlos méndez / AGER

Para el descanso del 20 de octubre con mi familia decidimos conocer uno de los lugares más impresionantes, bellos y sorprendentes de Guatemala: la Laguna Brava, esa joya celeste turquesa ubicada en el municipio de Nentón, Huehuetenango, que forma parte de una cadena de reservorios de agua dulce ubicados en la frontera entre Guatemala y México.

Nos tomó nueve horas llegar a la cabecera de Huehuetenango, dos para salir de la ciudad y cruzar San Lucas Sacatepéquez, tres sufridas horas para atravesar Chimaltenango, en medio del caos y la desesperación. Dos horas más para transitar la destruida carretera de concreto que lleva de Tecpán a Los Encuentros y luego bajar a Cuatro Caminos; finalmente dos horas insufribles sorteando hoyos y camiones hasta llegar a la cabecera municipal de Huehuetenango.
Al día siguiente, con más ánimo y deseosos de continuar con el viaje, por cuatro horas más, golpeando túmulos, tomando curvas peligrosas, entre tramos de terracería o con vestigios de asfalto, finalmente llegamos a la Laguna Brava. Ese momento fue mágico y compensó la tortura del viaje; el cielo reposado en el regazo de las montañas frondosas, dos lanchas silenciosas apenas mecidas por el viento, la naturaleza indiferente en su majestuosidad.

Cualquier turista que visite Guatemala quedaría maravillado de su imponencia y belleza, siempre y cuando estuviera dispuesto a pasar cuatro días en semejante aventura… ¡Lo dudo!

La distancia entre ciudad de Guatemala y la Laguna Brava son aproximadamente 360 kilómetros, que en una carretera bien mantenida debiera recorrerse en seis horas máximo, no trece como fue mi experiencia.
El diseño de la red de transporte, su calidad y mantenimiento son las decisiones de mayor trascendencia en la planificación de un territorio, pues determinan el sentido del crecimiento fomentando el desarrollo demográfico y económico, provocando la transferencia de actividades de una región a otra. Es decir, una buena carretera es motor del desarrollo local y nacional.

El costo social de tener malas carreteras no lo sabemos y por lo tanto es muy difícil de cuantificar. El impacto psicológico en las personas es brutal, los costos logísticos se disparan y sobre todo el costo de oportunidad de las personas y las empresas se convierte en una barrera para el crecimiento económico. Cualquier capitalino que pasa horas en el tráfico de la ciudad pueda dar fe de ello.

Bajo el argumento que las carreteras son de beneficios social, lo cual es cierto, y que debe ser el Estado el único responsable de construirlas y mantenerlas, lo cual no es cierto y prueba de su incapacidad está a la vista, surge como alternativa el modelo de las Alianzas Público Privadas como mecanismo para promover las inversiones donde participa el Estado y la iniciativa privada, con la finalidad de destinar recursos a ampliar y mejorar la infraestructura del país. Un modelo que ha demostrado ser exitoso en muchos países.

Este modelo en Guatemala no ha funcionado y la razón principal la presenciamos el mes pasado cuando el Congreso, en su infinito desdén por nosotros los ciudadanos, canceló la adjudicación del proyecto de la autopista Escuintla-Puerto Quetzal. Haber dejado en manos del Congreso la aprobación de proyectos estratégicos como ese es el peor error y nos pasará la factura a todos.