Lunes 9 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Sociedades demandantes

Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua.

Fecha de publicación: 14-11-19
Por: Edgar Gutiérrez

Observando Bolivia a la distancia, hay que sentenciar que no solo “es la economía, estúpido”, “es (también) la política, estúpido”. Como sabemos, en 1992 Bill Clinton descolocó la campaña electoral de George Bush padre enfocándose en el bolsillo horadado de la gente de a pie, haciendo ver que la política (exterior) no conectaba con sus necesidades vitales. Así fue como Clinton llegó al Despacho Oval.

Estos son tiempos en los que el éxito económico de las naciones es necesario, pero insuficiente. En las últimas semanas Chile –ejemplo en Latinoamérica de gestión democrática y económica durante tres décadas– crepita porque en el marco de la política democrática no se reducen las brechas de la desigualdad social, aunque los niveles de pobreza disminuyeron drásticamente.

Pero, por otro lado, más de treinta años de democracia electoral en el hemisferio han abonado cierta cultura democrática. Más de la mitad de los habitantes de la región nacieron y han crecido en democracia, tienen mayor acceso a información, están desestructurados, pero fomentan comunicaciones más horizontales. Por eso las sociedades demandan alternancia en el poder y el ejercicio de las libertades cívicas y políticas, a la vez que otros derechos de las democracias liberales, incluyendo el reconocimiento de las identidades y regionalismos.

Ciertamente los estudios de opinión en Latinoamérica han venido registrando, desde hace más de diez años, una inquietante erosión del respaldo popular a las democracias, y cierta añoranza por los regímenes autoritarios que, en el imaginario popular, eran capaces de producir transformaciones económicas, sociales y garantizar la seguridad ciudadana. Los datos recientes expresan sin embargo que la mecha social se quema rápidamente cuando esos regímenes muestran las primeras debilidades económicas.

Los buenos precios internacionales de las materias primas y la fatiga que produjeron los sistemas políticos tradicionales, corruptos y egoístas, contribuyeron al ascenso de las fuerzas alternativas que procuraron el fortalecimiento de las capacidades del Estado mediante negociaciones; además que disminuyeron las altísimas utilidades de las corporaciones transnacionales que explotan recursos naturales y frecuencias públicas. Así llegó Chávez al poder en Venezuela, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia.

En los momentos cúspides de aceptación popular de estos líderes políticos, las constituciones sufrieron reformas profundas que, particularmente en Bolivia, hicieron visibles e incorporaron a los pueblos indígenas, los excluidos de siempre. Pero estas fuerzas alternativas no fueron capaces de institucionalizar el nuevo régimen. No lograron la hazaña del PRI mexicano –“la dictadura perfecta”, como dijo Vargas Llosa: mantenerse el poder durante 70 años sin que ningún presidente fuera reelecto.

Sin comprender a profundidad las reglas de las democracias liberales y la cultura política que propiciaron, los presidentes alternativos hicieron girar en torno de sí mismos el nuevo régimen político, de la manera como lo hacían los caudillos de la región en los siglos XIX y XX. Modificaron las reglas del juego para ser reelectos repetidas veces –algunos, como los Ortega bajando el requisito de la mayoría absoluta en la proporción de votos– hasta que fatigaron a sus sociedades y estalló el polvorín.

Las lecciones por aprender son varias, pero en esencia conducen a una sola: la alienación de los sistemas políticos y de sus líderes respecto de sus complejas sociedades, es decir, su incomprensión de las nuevas dinámicas sociales y el impacto de la globalización tecnológica en las localidades. Carecen de marcos pertinentes de interpretación. No es difícil acomodarse en el poder y encerrarse en una burbuja. Y esto se aplica sobre todo a los tozudos sistemas corruptos hasta la médula, como el nuestro, y los poderes del Estado sobrepoblados de auténticos guasones.