Domingo 15 DE Diciembre DE 2019
Opinión

La suerte de Guatemala

“Cuando la gente común se siente oprimida por la codicia y la venalidad de algunos, su resentimiento puede ser alimentado por otros. Exacerbadas sus bajas pasiones, muchos ya no quedan dispuestos a someterse a control; exigen que todo se someta a sus deseos. El inexorable resultado es que el gobierno, con marbete de ‘libre’ o ‘popular’, termina en lo más execrable: se impone no quién razona mejor, sino quién grita más…” –Polibio, citado por Tiberio Graco, tribuno de la plebe de noble origen, antes de ser asesinado por los conservadores del Senado, por su defensa de la Ley Agraria. Roma, c. 133 a. C.

Fecha de publicación: 12-11-19
Por: Lionel Toriello

Las naciones prósperas, pacíficas y desarrolladas, se caracterizan por una amplia y vigorosa clase media, que constituye mayoría frente a las pequeñas clases alta y baja. Son estas las sociedades en las que la tensión política es normalmente manejable por las instituciones republicanas y el optimismo por un futuro mejor, es ampliamente compartido. En sociedades que emergieron de la Edad Media con tolerables índices de desigualdad, el surgimiento de la clase media fue un fenómeno concomitante a la espontánea evolución de los mercados, tras un complejo proceso en el que es difícil discernir qué fue primero, si el huevo o la gallina, como ocurrió en el norte de Europa en el S. XVI o en el noreste de los ahora EE. UU., en el S. XVII. Allí “la mano invisible” de Adam Smith, a través del mecanismo del precio, funcionó bien. En sociedades que emergieron muy desiguales de sus orígenes históricos, por lo contrario, la creación de una mayoritaria clase media fue siempre fruto de una deliberada dotación patrimonial fundacional, como lo ilustran los casos de la antigua Roma tras las guerras púnicas; los EE. UU. de Lincoln, en la segunda mitad del S. XIX; o más recientemente, los casos de Taiwán y Corea del Sur, a partir de 1945. Las sociedades de América Latina nunca hicieron una dotación patrimonial fundacional que sanara su bipolar herencia colonial y consecuentemente, no gozan de esas muy amplias clases medias de los países prósperos y pacíficos. Sus mayorías, integradas por individuos de poder negociador menguado en mercados “imperfectos”, personifican “demandas inelásticas” frente a ofertas oligopólicas o con frecuencia, monopólicas, en las que el débil termina subsidiando al fuerte. Por eso, esas mayorías son pobres o muy pobres, escépticas o desconfiadas del aparente pero inefectivo entramado republicano. En dos palabras: políticamente inestables. También por eso, en mayor o menor grado, las sociedades latinoamericanas hoy se debaten entre los proponentes de un neomarxismo históricamente fracasado, que solo puede imponerse violentamente y que conduce inexorablemente a la dictadura; y un sucedáneo del atrasado capitalismo de plantación, que es evidentemente incapaz de aplacar las frustraciones de las mayorías. ¿Cómo es que en dos siglos no hemos salido de tan triste y peligroso predicamento?

El caso de Guatemala ilustra fehacientemente este fracaso latinoamericano a través del desperdicio de tres oportunidades históricas: (i) la independencia, cuando se pudo haber dotado de suficiente tierra, en propiedad privada, a todos los ciudadanos, pero no lo hicimos, enfrascados en variadas luchas sectarias que solo partieron a la Patria Grande en siete pedazos; (ii) la falsa “revolución liberal”, cuando de nuevo, en vez de dotar de suficientes tierras a todos los ciudadanos, lotificamos el país conforme al capitalismo de plantación y consolidamos una estructura social bipolar en este terruño; y (iii) cuando ya sin la relativa amplitud territorial de antaño, Árbenz impulsó en 1952 una Reforma Agraria que no creó una nueva clase de pequeños propietarios, sino de “usufructuarios” o “cooperativistas”, y que tras su derrocamiento, por encargo de la UFCO y con el efectivo concurso de la CIA, resultó en un prolongado, sangriento y estéril “conflicto armado interno”. Para “acabarla de amolar”, dada la actual relación territorio/población en Guatemala, una dotación patrimonial ciudadana por la vía del reparto agrario es hoy aritméticamente imposible, técnicamente regresiva y políticamente inviable. Consiguientemente, si queremos encontrar la senda del progreso pacífico y acelerado, debemos encontrar formas innovadoras para consolidar e impulsar a nuestra incipiente clase media y es por ello que debemos ser muy cuidadosos al privatizar los activos republicanos (Ojo, CONADIE), último recurso para materializar una efectiva dotación patrimonial ciudadana. Eso no es imposible: imagine usted, por ejemplo, cómo sería hoy Venezuela si tras el fracaso del primer golpe de Estado de Hugo Chávez, en 1992, el entonces presidente de ese país, Carlos Andrés Pérez, hubiese privatizado PDVSA dotando con el 49 por ciento de las acciones, directamente, a todos los ciudadanos. La riqueza petrolera de los venezolanos habría contribuido a crear una mayoritaria clase media en franco “despegue” y la Historia, ahora, sería diametralmente diferente a lo que ven nuestros ojos…

Guatemala, no obstante, tiene suerte: emergimos de un deliberadamente tramposo proceso electoral, sin resultados plenamente satisfactorios, pero con nuestras mafias políticas debilitadas y sin un liderazgo ejecutivo de peligroso corte mesiánico. Mientras el resto de la región coquetea con el desastre, a nuestra Patria se le presenta una nueva oportunidad histórica: tenemos frente a nosotros cuatro años de un nuevo gobierno, en el que el Presidente electo ya ha expresado querer emprender grandes proyectos de transformación nacional. Una nueva Legislatura en la que no habrá una sola agrupación claramente dominante y la expectativa de un Organismo Judicial renovado. También una ciudadanía que quiere abandonar un pasado oscuro y añora encontrar un destello de esperanza y para lo cual, en los momentos de la verdad, se expresa. Es momento de escapar de la trampa, de ese falso dilema que nos plantean tanto los que no quieren que las cosas cambien como los que “a puro tubo”, quieren repartir lo ajeno. Espero no perdamos otra vez la cita con la Historia y que efectivamente, mediante una Ley de Dotación Patrimonial Ciudadana, apuntalemos y hagamos crecer agresivamente a nuestra incipiente clase media. No tentemos de nuevo a nuestra suerte desperdiciando esta inusual oportunidad de encontrar un nuevo rumbo histórico…