Viernes 22 DE Noviembre DE 2019
Opinión

En contra de la desigualdad

Es indispensable empezar a plantearse los cambios para hacer factible un futuro en el que quepamos todos.

Fecha de publicación: 09-11-19
Por: Jorge Mario Rodríguez

Uno de los rasgos distintivos de nuestra época es la creciente preocupación con los efectos devastadores de la desigualdad económica. Ya en 2010, el filósofo alemán Thomas Pogge notaba que en los 20 años que para entonces habían discurrido desde el final de la Guerra Fría, 360 millones de personas habían muerto a causa del hambre y enfermedades prevenibles y curables. Este número superaba el total de víctimas causadas por todas las guerras y la represión gubernamental del trágico siglo XX.

Lamentablemente, durante la última década la desigualdad asesina no ha hecho sino empeorar. Ya lo podemos comprobar en la puerta de nuestra casa a juzgar por el creciente número de amigos y familiares que pierden la vida debido a las menguantes capacidades del Estado para garantizar el derecho a la vida. Hemos respondido activando esas redes de solidaridad que, aunque algunas veces logran el milagro de la sobrevivencia, muestran que el actual Estado ha perdido su verdadera razón de ser.

La terrible injusticia de nuestras debilísimas sociedades ya ha hecho preguntarse a destacados pensadores si los ricos simplemente ya no están dispuestos a compartir el mundo con nosotros, ese nosotros en el que sin duda terminarán por encontrarse muchos que ahora se sienten dignos de ser conservadores o reaccionarios. Ya ni siquiera es anecdótico que los miembros de la elite de Silicon Valley se construyan búnkeres para el eventual apocalipsis que puede traer el cambio climático o una epidemia incontrolable.

El abismo de la desigualdad ha penetrado en el espíritu de la época. En sociedades en las que las condiciones de vida se vuelven cada vez más tóxicas, los malestares psicológicos no pueden sino ir en aumento. La depresión progresivamente se convierte en una epidemia incapacitante en muchos lugares del mundo. El miedo y la violencia constituyen el horizonte diario de muchas personas. Así las cosas, la violencia estructural nos hace vivir en un estado de ubicua inseguridad en el que los estallidos de agresividad se dan en todos los ámbitos. Afortunadamente, la rebelión en Chile y en otras sociedades muestra el hartazgo de vivir en sociedades sometidas a la insaciable voracidad de los que ejercen el poder económico.

Ya no somos ciegos a la forma en que funciona el sistema de “totalitarismo invertido” del cual nos hablaba no hace muchos años el fallecido Sheldon Wolin. Cada vez se hacen más patentes los “poderes totalizantes” vinculados al poder corporativo, el cual ahora intenta encerrarnos en una jaula tecnológica, aun cuando las desquiciadas “élites” guatemaltecas quieran todavía hacernos vivir en los asquerosos calabozos de la finca que constituye el paradigma insuperable de su imaginario político.

Es indispensable empezar a plantearse los cambios para hacer factible un futuro en el que quepamos todos. Ya muy pocos pueden considerarse a salvo, debido a la terrible fuerza de la innovación disruptiva. La inteligencia artificial, por ejemplo, adelgazará más la clase media. Hace poco tiempo, como lo reporta el funcionario canadiense Alex Benay, JP Morgan se ahorró 360 mil horas de trabajo de abogados en pocos segundos.

La clave de bóveda de un orden mundial más equitativo es la preocupación, activa y enérgica, con el bien común. Este valor no va a ser considerado por los que se han envenado con el poder. El resto de nosotros debemos comprender que muchos de nuestros malestares personales no van a solucionarse con técnicas de motivación o felicidad prefabricada.

Es un imperativo moral decir ¡Basta ya!”.