Lunes 3 DE Agosto DE 2020
Opinión

Sin válvulas de escape

…el estallido social es inevitable en cualquier sociedad, independientemente de su nivel de desarrollo.

Fecha de publicación: 05-11-19
Por: Estuardo Porras Zadik

Los estallidos sociales no son un fenómeno del siglo 21, la historia está llena de ellos. En su mayoría, sus efectos han sido responsables de los avances de la humanidad, no sin antes dejar en el camino sangre, muerte y destrucción. Quienes manifiestan su descontento lo hacen, generalmente, por desesperación al no tener opciones. El embotellamiento de las emociones generadas por la condición de vida a la que están sometidos estalla eventualmente, pues no puede contenerse la efervescencia de aquellos con nada que perder y mucho que ganar.

Indiscutiblemente, el mundo da señales claras del descontento de las masas. En países desarrollados esta sintomatología es más difícil de percibir, o quizá más fácil de disimular. Pero aun en estos existe cierta vulnerabilidad al estallido social.

En Estados Unidos dejan por un lado las formas, y abuchean al presidente Donald Trump en el juego cinco de la Serie Mundial de Béisbol. Recordemos que este es el país de las marchas pacíficas del movimiento por los derechos civiles del doctor Martin Luther King; pero también en el que se desataron las violentas manifestaciones en Los Ángeles, por el caso de violencia policial en contra de Rodney King. Ambos casos con matices de racismo en contra de los afroamericanos, aunque evolucionaron en forma diferente. Aun si el origen es justificable, nada garantiza que un estallido social no se salga de control y que caiga presa del escrutinio y la desestimación por la manera de llevarlo a cabo: destruyendo la propiedad privada, los espacios públicos y atentando en contra de la vida.

Hoy en día Chile –el país insignia de Latinoamérica en temas de desarrollo económico y social–, deja perplejo al mundo, al protagonizar una marcha millonaria de personas que manifestaron su descontento y frustración. Así es, no fueron miles, sino millones de personas quienes forzaron al gobierno del presidente Sebastián Piñera a dar marcha atrás.

Lamentablemente, hubo daños materiales al erario, la propiedad privada y se perdieron vidas; poniendo en tela de juicio el origen del movimiento. Incluso se habla de una estrategia orquestada por la desprestigiada Venezuela y la decadente Cuba, cuyo poder de convocatoria cada día es más limitado. La participación de unos cuantos miles de venezolanos y cubanos podría ser factible, pero la de millones de chilenos convocados por estos dos regímenes resulta imposible. No profundizar en las causas que encendieron a millones de personas sería postergar lo inevitable, como ya lo han hecho varios en el pasado y a quienes eventualmente se les cobra la factura.

La inconformidad de las masas es manifiesta en casi todo el mundo. Sin válvulas de escape, será en las calles en donde encuentren espacio y poder. No veo que haya líderes mundiales que atiendan esta crisis. Lo que más me preocupa es una elite económica, política, intelectual y social enfrascada en el pasado, enfocada en temas ideológicos que hace mucho tiempo debieron haber superado; que no comprende ni dimensiona la dinámica actual de la conectividad mundial. Hoy en día es imposible contener la opinión pública y el acceso a la información de quienes en el pasado la recibían a cuentagotas y, en muchos casos, confeccionada. De no atender las causas reales del descontento será inevitable, desde los países menos desarrollados hasta los más sofisticados, caer presas de un estallido social sin precedentes.