Viernes 6 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Una mujer fuera de serie

Con ocasión de su pasado cumpleaños.

Fecha de publicación: 01-11-19
Por: Gonzalo Asturias Montenegro

Ella fue una mujer admirable e increíble, de verdad, fuera de serie. Socialmente, le saludé alguna vez, pero la admiré mucho. Su alma rebosaba ansias de vivir, de amor, de cortesía y educación.

Un día, el mundo se le cayó encima, y no podía ser de otra manera, porque la tragedia entró a su casa: le avisaron que su esposo, a quien ella amaba con todo su corazón, había sido asesinado a tiros. En un momento, su ser se hizo añicos de dolor.

Por largo tiempo, las lágrimas cayeron en sus pómulos, resbalando a sus mejillas. La suya era una gran tragedia, y era también la tragedia de Guatemala, en donde pensar y escribir podría llevar aparejada la sentencia de muerte.

La reflexión y las lágrimas la hicieron madurar aún más, mientras buscaba algún analgésico para el dolor del alma.

En una de esas jugarretas de la vida, ella conoció, dio la mano y se sentó a conversar con los asesinos de su esposo, ya fueran los autores intelectuales y/o materiales del trágico hecho. Solo el verdadero perdón le permitió dar ese paso, en cierto sentido muy angustioso, aunque es de imaginar, que el corazón se le encogía, mientras ella, con aplomo, se sentaba a hablar y les veía la cara a quienes mataron a su marido. ¡Qué dura ha de haber sido aquella primera noche!

Aunque había oscuridad en la habitación del hotel donde ella conciliaba el sueño, había, sin embargo, mucha luz en su alma.

Por días, semanas y meses convivió con los asesinos de su esposo en apoyo a la construcción de la paz en Guatemala. Para construir la paz y la cultura de paz era necesario el perdón, la amnistía, el olvido legal del delito.

Digo ya de quién se trata. Que suba el talón y que caigan los reflectores sobre ella: ¡Tere de Zarco!

Efectivamente, años atrás los guerrilleros habían asesinado a su esposo, el periodista y cofundador de Prensa Libre, Isidoro Zarco. Su único delito: pensar con libertad. Su sentencia: la muerte. El objetivo: intimidar al medio de más lectura en el país.

El escenario de ese encuentro y convivencia de víctima y victimarios fueron las pláticas de paz entre el gobierno y la guerrilla. Ella asistía a esas reuniones, que se realizaban en un hotel en el extranjero, porque conscientemente había aceptado ser miembro de la recién creada Comisión Nacional de Reconciliación, a sabiendas de que en esas pláticas le vería la cara a quienes mataron a Isidoro. A ella no le importó que así fuera. Les tendió la mano. Los perdonó. Ella era una mujer fuerte que había madurado aún más en el dolor. Y estuvo con los asesinos de su esposo un día y otro, buscando el fin de la guerra entre hermanos, la paz y la reconciliación. Su dolor era el dolor de Guatemala. Todos deberíamos poner algo de nuestra parte para detener la guerra, algunos mucho, como ella.

Era el momento de pasar la página y de soñar con una Guatemala en paz. Ella dio el paso, y dio todo de sí.

La periodista Dina Fernández, cuyo abuelo también fue con Isidoro Zarco y otros periodistas cofundador de Prensa Libre, y quien padeció el secuestro de parte de la guerrilla, recordó en su cuenta de Twitter que el pasado 9 de octubre, Tere de Zarco estaría cumpliendo años ese día.

Si en Guatemala, en alguna ocasión hiciéramos una estatua a la Reconciliación (una palabra, un concepto de difícil conceptualización material), esta no debería ser de dos manos inertes o de una trillada paloma con un ramo de olivo en el pico, sino la de Tere de Zarco, ejemplo viviente del perdón, en una página luminosa de Guatemala, semejante a la del poeta Ismael Cerna, que escribió un poema muy hermoso de perdón ante la tumba del Presidente que asesinó a su padre, y de quien él sufrió cárcel y tortura.

Tere de Zarco tuvo solo dos opciones: la del perdón y la de la venganza. Ella escogió la primera, lo que hizo que su alma fuera grande. ¡Jamás pediría justicia sino solo que extendería la mano de quien olvida y pasa la página. ¡Este es el único perdón verdadero. Las amnistías decretadas, con el apoyo de la guerrilla y del gobierno, le cerraron la puerta a que ella buscara justicia y resarcimiento en los tribunales.

Digo que ella hizo para sí lo mejor de la sentencia de aquel pensador de los primeros años del cristianismo, Tertuliano: “¿Quieres ser feliz por un instante? ¡Véngate! ¿Quieres ser feliz para siempre? ¡Perdona!”.

Sin duda que, pese a su dolor, ella fue feliz hasta el fin de su vida porque perdonó. Con ocasión de su cumpleaños, muchos la recordamos, como una mujer fuera de serie, a quien Guatemala le debe mucho por sus esfuerzos para construir una cultura de paz, que es un camino aún inconcluso.

Uno de los problemas que hoy Guatemala afronta, para asegurar la verdadera reconciliación y la cultura de paz, es el de tener muchas Rigobertas Menchú y muy pocas Tere de Zarco.

gasturiasm@gmail.com