Lunes 9 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Los Días de los Difuntos

La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos (Antonio Machado).

Fecha de publicación: 01-11-19
Por: Álvaro Castellanos Howell

Hoy tuve la mejor coartada para huirle al verdadero tema que quería abordar.

Quería aburrirlos, una vez más, con mi persistente tema de qué le ocurre a una sociedad cuando no cree en el sistema de división de poderes; cuando no exige un verdadero Estado de Derecho.

Y una forma de ejemplificar esa perorata de mi parte, era decir abiertamente porqué creo que no tenemos un Congreso, sino un cabildo o ayuntamiento, en el sentido colonial de la palabra.

A este “congreso” (con “c” minúscula intencional), se le olvidó POR COMPLETO que representa, en teoría constitucional al menos, al pueblo de Guatemala.

Pero como dije que no continuaría con la perorata, paso a lo que, según el título de esta entrega, deseo abordar: la muerte.

Guardo desde hace varios meses, justamente para hoy, un ensayo magnífico sobre la expiración, escrito por un médico argentino con gran tino científico y literario.

Se titula “Pequeño Ensayo sobre la Muerte” y su autor es Alfredo Buero (lo encuentra, por supuesto, en la red en página de la Sociedad Argentina de Cardiología).

Aprovecho fragmentos del ensayo y citas que hace don Alfredo, cual “fiambre de ideas”, para reflexión en un día propicio para ello:

“La tenacidad con la que no se reconoce ni se acepta la muerte se presenta anacrónica en nuestra era empapada de ciencia y de razón. Hace ya casi 50 años que el sociólogo inglés Geoffrey Gorer señaló cómo la muerte se ha convertido en tabú y reemplazado al sexo como símbolo de censura. Antiguamente se les decía a los niños que nacían de un repollo, pero asistían a la escena del adiós a la cabecera de un familiar moribundo. En la actualidad, los niños son iniciados desde pequeños en la fisiología del amor y la anticoncepción, pero jamás podrán ver cómo su abuelo deja este mundo”.

“Un documento pontificio de la Edad Media indicaba que era obligación del médico informar al moribundo, tal como ocurre en la cabecera de Don Quijote: [El] tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”.

“A riesgo de merecer el mismo reproche hecho a Dante al recorrer el Infierno en La Divina Comedia, ¿podría ahora proponerse la inexistencia de la muerte? En rigor, el individuo sólo puede conocer la muerte o afirmar su existencia únicamente como la muerte de otros individuos; nunca podría conocerla como su propia muerte. Sólo intuye una suerte similar que su ser consciente realmente nunca comprobará”.

“Para nuestro ser, todo el tiempo por delante y por detrás de su existencia no tiene importancia, pues nadie puede sentir el tiempo que no ha pasado, el que no le pertenece, ni puede percibir el espacio que no ocupó”.

Perdone usted lo escatológica que es esta columna.

Pero el verdadero mensaje es: en vida hermano, en vida…