Viernes 6 DE Diciembre DE 2019
Opinión

El color del mundo

El ojo humano es un reflejo del universo que habitamos.

Fecha de publicación: 28-10-19
Por: Marcela Gereda

El escritor Eduardo Galeano cuenta que la televisión española estaba filmando en un poblado remoto quechua en Perú. Una niña quechua observaba con curiosidad los ojos entre azules del camarógrafo. En cierto momento la niña desde su piel morena, se acercó a ojitos azules e intrigada le preguntó: “¿de qué color ve usted las cosas?, el hombre ibérico se rió y le contestó: “del mismo color que tú”. La niña pensativa y meditabunda agregó: “¿y cómo sabe usted de qué color miro yo”.

Los esquimales de Netsilik tienen muchas formas de distinguir los distintos tonos del blanco de la nieve. Los lacandones en la selva de Chiapas son capaces de diferenciar varios tonos del verde de la selva. En una película italiana de un niño que se queda ciego, cuando otro niño le pregunta cómo es el azul, el niño le responde el azul es como ir en bicicleta. 

Cierto es que el ojo humano es un reflejo del universo que habitamos y viceversa. Y que cada mirada tiene que ver con muchas cosas. Con memoria, emociones, percepciones, visiones, paisajes, avenidas, sueños, creencias, etc. Con lo burdo y lo maravilloso. Con el dolor y con la felicidad. Con lo efímero y lo eterno. Con el contexto y las necesidades. 

Cada mirada es un mundo y cada mundo es una mirada. El color del mundo es distinto para cada cual y están cocidos al tiempo y a los sentimientos y estímulos que nos provoca el universo y con los que vamos tejiendo la vida. 

Dada la condición fugaz de nuestro paso por el mundo, buscamos con la mirada retener lo efímero: el espesor de una nube. Un atardecer de antaño. El árbol de nuestra infancia. El perro amigo. Una flor de café o la primavera del mundo. Todo lo que no sabemos a dónde va o dónde se queda quisiéramos guardarlo en el formato de una fotografía. Buscamos inmortalizar los momentos en nuestro afán de luchar contra el tiempo. 

Incluso con la mejor de las tecnologías de hoy, los colores del mundo distan de los colores y formas de nuestra mirada. No alcanzamos a retener las sombras ni los matices. El resplandor ni el tamaño y el paso de la luz. 

Hay una fotografía a la que siempre me gusta regresar. Es quizá, uno de los primeros recuerdos que registra mi memoria: mis primeros pasos en el mar. Unos pasitos dubitativos y frágiles, atrás de mí está mi hermana mayor a quien le decía entonces “Nana”. Nana me ayudaba a guardar el equilibrio y me daba la seguridad necesaria  para lanzarme y de una vez por todas a lo que sería entonces una de mis actividades favoritas: caminar. Andar caminos. Dejarme andar por los caminos.

Nosotras las de la foto ya no somos las de entonces. Nuestras miradas son las sombras de otro tiempo que ya solo existe en la memoria. Los colores de la foto no son los de mi memoria. La veo y pienso que las fotografías son un poco como los astros: permanecen resplandeciendo muchos años, aunque haga ya siglos o años luz que ya no están. 

Posiblemente ninguno de los colores existe, al menos tal como lo vemos. Los colores se modifican constantemente, cambian con el contacto de la luz y con los cambios de ánimo del ojo que los refleja. 

¿De qué color ven el mundo los ciegos?, ¿por qué la mirada nunca es la misma sobre un mismo color?. El color del mundo es una inmensa posibilidad de un haz de luz. Podemos escoger cuál color marca nuestra memoria y nuestra historia, siempre que sepamos tener nuevos ojos cada día. Siempre que decidamos nacer cada día, ver el mundo por primera vez. El color del mundo es infinito y para cada cual es diferente. “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas todo aparecería ante los ojos tal y como es: un infinito” (William Blake).