Lunes 11 DE Noviembre DE 2019
Opinión

Bolívar: El reposo del guerrero

Bolívar: El reposo del guerrero

Fecha de publicación: 23-10-19
Por: Jacques Seidner

Pasa el tiempo y Bolívar trata de retomar el control de la Gran Colombia, pero fracasa y el Imperio se desgrana entre sus dedos…

Sucede que en épocas históricas anormales surjan personajes que pertenecen a la “pequeña Historia”. Manuelita Sáenz, es uno de esos casos, que de no ser por su “liaison” con Simón Bolívar, sería una ilustre desconocida.

Así describe a Manuela un francés de pasó por Quito: “Es una mujer bella, ligeramente robusta, con ojos grandes avellanados, tez rosada, cabellera negra. Su porte es según los momentos el de una gran dama, sin embargo en otros actúa como una “napanga” coqueta pueblerina. Baila con la misma destreza el minueto y la cachucha y cecea al hablar al estilo de las damas de la alta sociedad ecuatoriana”.

La Sáenz era ecléctica, nunca se separaba de una esclava mulata de cuerpo espléndido que se prestaba complaciente a los caprichos de su ama, lo que no le impedía a Manuela hacer también la felicidad de los oficiales de su guardia personal, escogidos jóvenes y atractivos. Se requería mucha energía para satisfacer a esta Mesalina ecuatorial sobre todo durante tumultuosas parrandas con invitados selectos, aprovechando así las frecuentes ausencias del Libertador.

¿Qué sabía Bolívar de tanto desorden? Tal vez nada, aunque no sería el primero ni el último en simular ignorancia en similares circunstancias. En efecto la relaciones del Libertador con Manuela no fueron siempre placenteras, muestra de ello las escenas de celos de la Sáenz al punto de agredirlo físicamente. El gran Bolívar tuvo, más de alguna vez, que ser protegido por su guardia personal de los ataques brutales de esa tigresa insaciable.

En 1828, la salud ya maltrecha, Bolívar se instala en Bogotá y dirige el Imperio de los Andes con mano dictatorial aun despótica.

La actitud del Libertador-Presidente suscita el descontento de sus generales que urden una conjura en base a que “un asesinato político es un crimen cuando ejecutado por un cualquiera, pero entre los Grandes de este Mundo es una astucia recomendable”.

El 25 de septiembre, entrada la noche, Bolívar y Manuela descansan en la casa de gobierno. Los conspiradores irrumpen y ella tiene justo el tiempo de empujar a Bolívar por la ventana logrando él escapar gracias a la oscuridad de la noche. Manuela enfrenta a los conspiradores que se vengan de su fracasado propósito propinándole una fenomenal paliza que la postra en cama por varios días.

Pasa el tiempo y Bolívar trata de retomar el control de la Gran Colombia, pero fracasa y el Imperio se desgrana entre sus dedos… El Libertador se retira enfermo a Santa Marta donde falleció en 1830.

Para entonces Manuela Sáenz, había ya desaparecido de la escena histórica, dejando únicamente el recuerdo de una hembra sensual, fantasiosa, pasablemente intrigante, probablemente poco inteligente, pero con los atributos femeninos necesarios para haber catapultado al Gran Bolívar durante años y en un santiamén, hacia el Séptimo Cielo.