Domingo 8 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Permanencias de lo cotidiano

“Permanencias de lo cotidiano” es una colección de fotos de Daniel Chauche expuestas en la Galería de Arte La Erre, en 4 grados Norte.

Fecha de publicación: 14-10-19
Por: Marcela Gereda

 

Con esta primera serie de fotografìas, Daniel Chauche definió un estilo. ¿Qué ingredientes usó y combinó para convertir las fotografías en obras de arte? Daniel Chauche tiende un puente con el infinito de los otros para contar lo que no hemos sido capaces de nombrar sobre nosotros mismos, convirtiéndose en un mediador entre la mirada de sus personajes y los espectadores.

En 1975 Daniel y su novia en aquel entonces, una antropóloga norteamericana, querían pasar unos días en Guatemala antes de instalarse en Veracruz. Vibraron tanto con lo que veían en Guatemala, que al segundo día de su viaje, decidieron quedarse. Con poco conocimiento sobre la cultura local y casi nada de español, eligieron vivir en San Juan Sacatepéquez.

Al poco tiempo de aquella llegada, el terremoto de 1976 sacudió al país dejando a San Juan y a muchos pueblos en la ruina casi total. Daniel se sintió incapaz de fotografiar el desastre y el dolor. La gente de la comunidad que en parte les veía como “gringos raros” fue a ver si estaban bien y desde ahí, juntos con los sanjuaneros, prosiguieron las tareas de búsqueda de personas entre los escombros. Fue a partir de esa vivencia profunda y humana que estrecharon definitivamente los lazos en la comunidad. Esta cercanía con la población les llevó a tomar la decisión de quedarse ahí y volver San Juan Sacatepéquez su hogar.

Junto a su tripié, cada domingo, Daniel ofrecía en el mercado sus servicios de fotógrafo. Por dos quetzales, los clientes recibían una ampliación a blanco y negro de 8 x 10 pulgadas, cuidadosamente enmarcada. También se fue involucrando en los trabajos comunitarios, terminando mimetizándose con la colectividad. Se volvió un sanjuanero más que participaba de la vida diaria y ceremonial.

Su cámara se convirtió en el puente hacia la sociedad indígena, campesina y ladina cuyas identidades quedaban de cierta forma borradas, rescatando su humanidad. Participó en ella a través de las solicitudes que le hacían los lugareños para retratarlos. Capturando lo efímero y lo permanente, se hizo a la gente y al lugar y así logró ver lo que muy pocos habían visto y registrado hasta entonces: cómo los sujetos sociales, sus interlocutores se veían a sí mismos y qué imagen querían proyectar de sí.

Con un estricto y pulcro trabajo de blanco y negro homogeneiza precisamente el rol identitario y nos transporta a la humanidad de los sujetos, claro, sin pasar por encima la historia, la identidad misma, y la parafernalia que acompaña a un cuerpo indígena. Pero el blanco y negro en sí de Daniel es a la vez una herramienta de alejarnos de los colores y acercarnos a la esencia humana.

Esta serie inició con la aceptación de Daniel dentro del tejido social indígena. Esa apertura combinada con un talento extraordinario y un método riguroso impregnado de su visión personal. Todo esto hace de su obra una joya artística y antropológica. Son imágenes que destilan pequeñas delicias de la vida, mezclando lo cotidiano, lo sagrado y lo profano del día a día en un pueblo indígena: el lugar, tiempo e historia de un barbero, un alcalde, un policía y un borracho. Son imágenes únicas en forma y fondo.

Como antropóloga, creo que el inmenso valor de esta colección de miradas y presencias radica en la riqueza de la transparencia y la veracidad con la que se presentan los personajes porque la mayoría de ellas fueron fotos que los propios sujetos solicitaron. Son las radiografías de cómo ellos y ellas quisieron proyectarse individual y socialmente, pero revelados en su esencia por el lente imprescindible de Daniel.

El conjunto de miradas y rostros recogidos expresa la psicología y el imaginario interior de los sujetos. Es decir, que lo que hace único este archivo fotográfico es la forma de dejar que las personas elaboren sus propias visiones de qué es ser y estar en el mundo, convirtiendo a Daniel en un medio o canal que capta la veracidad de los testimonios.

El Día de Muertos en el cementerio de San Juan el año del terremoto expresa la unión permanente, la resiliencia y la resistencia, la fuerza de la sobrevivencia humana. Representa también la celebración de la vida y de la muerte y de la permanencia de la comunidad. La feria, el circo, el mercado, expresan las pequeñas cotidianidades que dan vida y significado a los seres humanos. La lotería muestra la permanencia de lo lúdico, atravesando generaciones y fronteras. La cofradía de mujeres es testimonio de la historia de la vida ceremonial y sagrada, la fuerza femenina, creadora de la vida, la sabiduría que se forja y construye desde la colectividad.

Con este collage Daniel revela historias de lo efímero y lo permanente. De lo aparentemente sencillo y lo sagrado. Estas presencias, son acaso rasgos primigenios de humanidad, paisajes humanos que reflejan a Guatemala con una honestidad y autenticidad pocas veces captada.

Chauche, es un artista que ha entregado su vida a conocer y sumergirse en este país desde sus entrañas, desde la visión de la gente campesina, desde sus contradicciones, su resiliencia, su capacidad de sobrevivir, y la capacidad de la gente de proyectarse en estos rollos fotográficos. Es por ello que su registro es vital para la historia y el patrimonio artístico del país.

Esta colección es un intercambio, eso quizá es lo más valioso, una especie de trueque de miradas. Este es el espejo-camino que nos entrega Daniel Chauche, recordándonos que la memoria es un asunto del presente y un desafío del futuro. Esta serie nos recuerda que para tratar de entender al Otro, es necesario desmantelar el mundo como lo vemos para reinventarlo desde la transparencia.