Martes 12 DE Noviembre DE 2019
Opinión

1954 y 2019, son “tiempos recios”

Vargas Llosa y su diestra mano libre.

Fecha de publicación: 14-10-19
Por: Édgar Gutiérrez

 

“Cuando el sabio señala a la luna, el necio mira el dedo”. Mario Vargas Llosa está fuera de toda sospecha. Es un liberal desenfadado y, diciéndolo suavemente, poco querido por las izquierdas (aunque no pueden regatear su genio literario); celebrado, además, de manera frenética por las derechas. Ni el más necio de nuestros antediluvianos lo asociaría ahora con conspiración comunista contra Guatemala.

Con su última novela, Tiempos recios (Alfaguara, 2019), escrita con mano liberalmente diestra, Vargas Llosa ha colocado sobre el tablero mundial nuestra controversial historia política de la mitad del siglo XX. Cuando un escritor se inclina por el quehacer de novelas históricas está consciente que abraza la titánica tarea de escudriñar el pasado con fórceps, es decir, con un instrumental mucho más diverso y menos convencional que el de los historiadores.

Los novelistas tienen ventajas únicas. Pueden suplir con su imaginación los vacíos del tiempo, explorar libremente la psicología de los personajes y desenhebrar sus secretos de pasillos y de alcobas; además, están a su libre albedrío poniendo en relieve actores secundarios (subalternos) como protagonistas. Saben que detrás del glamour de los titulares de la Historia, aquellos son más interesantes, por sofisticados o grotescos, y, sobre todo, porque administraron desde la penumbra las manecillas y resortes de los momentos cumbre, los “momentos recios…”

Vargas Llosa es fiel a la tradición y oficio. El título de esta novela no es casual. “Eran tiempos recios, amigos fuertes de Dios”. Habla Santa Teresa de Ávila hace justamente –en relación a la historia que Vargas Llosa narra- cuatro siglos. Durante una década, Santa Teresa salió a reformar la Iglesia en los conventos, hasta que fue llamada al orden. La aristocracia, entonces, volvió a jugar a la santidad derrotando la reforma.

La edad cronológica de las reformas de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz alcanzó también una década (1944-54), y la “aristocracia” local, en nombre de Dios, conjuró y derrotó el demonio comunista. Jugó el mismo juego. El mismo juego con el que ahora está derrotando la lucha contra la corrupción y la impunidad. Al cabo de pocos años (seguramente no 65 años), lamentaremos el quebrantamiento del Estado de derecho, otra oportunidad perdida. Desde Washington, hasta ahora dominado por el abominable Trump, el clima les fue favorable a los relojeros, ahora llamados lobistas, “hermanos en Cristo”, promotores de los amargos “desayunos de oración”.

Tras años de investigación, acudiendo a bibliotecas especializadas, procurando entrevistas y visitas in situ a la frontera con Honduras, por donde entraron, en julio de 1954, financiados por la CIA y sus aliados en el gran Caribe, los mercenarios y fervientes de la causa anticomunista, Vargas Llosa llegó a la misma conclusión a la que tantos historiadores “sospechosos” de comunistas, incluyendo Nicholas Cullahter, académico gringo independiente encargado de analizar los expedientes secretos de la CIA para extraer las lecciones en 1954: el golpe contra Árbenz fue una metida de pata mayúscula. Intereses pecuniarios de la bananera elevados a intereses de Estado, antes que cerrar la puerta al comunismo, se la abrió de par en par. Después de 1954 nadie en Latinoamérica creyó que la ruptura con el régimen feudal y tiránico era factible mediante reformas pacíficas. Tres generaciones sacrificadas en el hemisferio. Un precio demasiado alto para que ahora el crimen organizado resulte conquistando catedrales y capillas por todo el país.

En 1981 un funcionario del Departamento de Estado le dijo a Cullahter: “Lo que daríamos por tener un Árbenz ahora. Vamos a tener que inventar uno (pues) todos están muertos”.