Martes 10 DE Diciembre DE 2019
Opinión

No podemos ser una sociedad sin conciencia de su dignidad

La dignidad se vive en la vida concreta, manifestándose como respeto hacia el otro y como conciencia del propio valor.

Fecha de publicación: 12-10-19
Por: Jorge Mario Rodríguez

 

La creciente aceleración de la vida contemporánea ha hecho que las sociedades hayan ignorado durante un buen tiempo el desfile de desastres que anticipan el colapso de la vida civilizada sobre la tierra. Sin embargo, la humanidad toma mayor conciencia de que vive en un momento crucial en el que las promesas de felicidad y bienestar ofrecidas por el capitalismo enloquecido no son genuinas. No se puede negar que el cambio climático y la desigualdad socioeconómica reducen el horizonte de vida digna al que tienen derecho las generaciones jóvenes y las venideras.

Cada vez resulta más claro que somos rehenes de una clase depravada que practica la política de la muerte. La política que prevalece no es la del bien común, sino la propia de una sociedad en la que la desigualdad es tan profunda que las clases poderosas no aceptan un futuro digno para las grandes mayorías. El exterminio estructural precariza la vida de la gente, la cual no puede subsistir dignamente en condiciones de vida cada vez más degradantes.

No es un ejercicio ocioso preguntarse por el número de personas que sucumben ante el estrés, la carencia de medicinas y hospitales bien equipados, la falta de una alimentación adecuada. Hasta el tráfico se convierte en un factor de riesgo si se piensa en cuántas personas pueden verse afectadas por no llegar a tiempo a un centro de atención médica. Para muchos el lugar de trabajo se ha convertido en una tortura diaria, en donde los malos tratos se unen a la sobreexplotación y, lo peor, a un futuro incierto.

Sumar todos estos peligros minúsculos muestra el nivel de inaceptable precariedad de la vida cotidiana al que debemos habituarnos. Sin embargo, el único riesgo que preocupa a los gobiernos actuales es el que puede afectar a la inversión depredadora. La seguridad del dinero es la única que cuenta porque los seres humanos ya son desechables.

Ya no se puede insistir lo suficiente en la necesidad de que los miembros de nuestra sociedad se organicen para exigir el respeto de las posibilidades de una vida digna. Este objetivo, siempre colectivo, solo puede lograrse con acciones políticas constantes que eliminen las estructuras de poder que funcionan a diferentes niveles en los contextos sociales. En este sentido, luchar por los derechos significa defender la dignidad en todos los contextos de la vida cotidiana. Esta lucha comprende desarticular el fascismo cotidiano que, como lo decía Michel Foucault, nos hace desear el mismo poder que nos domina y explota.

La dignidad se vive en la vida concreta, manifestándose como respeto hacia el otro y como conciencia del propio valor. Una sociedad que no está consciente del significado de la dignidad, como experiencia moral y como criterio político, se aviene a ser maltratada. La ceguera de la dignidad afecta tanto al potentado que ignora su conciencia para llenar sus bolsillos de metálico, hasta el individuo que renuncia a luchar por el lugar que le corresponde y se somete sin idear alguna forma de resistencia.

Así las cosas, la acción política debe revertir los efectos de la mortal indiferencia cotidiana ante la necropolítica. Es más, no se puede cambiar el sistema sin resistencia y desobediencia. La acción colectiva debe partir de la convicción de que la dignidad no puede ser una simple ilusión conceptual incapaz de salvar a la humanidad de su autodestrucción. Ante un objetivo tan indispensable, las infantiles diferencias que marca el infantil deseo de liderazgo deben ceder.