Martes 15 DE Octubre DE 2019
Opinión

Tiempos recios

Cuando nos dejan libres, lo hacemos todavía peor.

Fecha de publicación: 10-10-19
Por: Méndez Vides

 

La novela Tiempos recios de Mario Vargas Llosa produce compasión y lástima, sensación de derrota, porque nuestra pasajera revolución democrática queda reducida a memoria de chamuscas callejeras, y Guatemala al “bloody place” desconocido en el epígrafe de Winston Churchill, a país bananero, donde los poderosos extranjeros manipulan, los bandos locales se traicionan, y los actores individuales son vencidos, humillados, castigados y muertos. Se intuye una Guatemala lúgubre y fea, donde nadie confía en nadie, se traiciona, delata, conspira e intriga.

La novela narra el entorno del asesinato de Carlos Castillo Armas. Los protagonistas centrales son Miss Guatemala, la amante del caudillo, y sus supuestos ejecutores, el dominicano Johnny Abbes García (enviado por Trujillo) y el chapín Enrique Trinidad Oliva. La ambientación histórica revuelve los acontecimientos de la contrarrevolución liberacionista, de pocas luces, producto de la fantasía yanqui maccarthista que llegó hasta nuestro patio, y por los intereses de una empresa bananera. También destacan el anónimo Mike, el gringo que corrompe repartiendo dólares a cambio de información, y el embajador mandadero Peurifoy, el Carnicero de Grecia, que perece trágicamente en su siguiente misión.

La novela agrede la sensibilidad nacional, y generará chispas y ronchas entre los adoradores de la Liberación y Revolución, porque a Castillo Armas se lo apoda Míster Caca, y se le presenta despreciable, ridículo, hijo del pecado, mestizo mequetrefe, enclenque sin carácter, mediocre y resentido, aunque al final se le confiere cierta dignidad, porque reacciona al sometimiento y es asesinado. Al Mudo Árbenz se lo adula como bien plantado, elegante, alto, bien intencionado, pretendiendo reivindicarlo mientras se lo califica de ignorante, ingenuo, débil, manipulado por esposa y amigos artistas, y se le despoja hasta de las creencias que lo han honrado por seis décadas, afirmando que ni comunista fue, sino un ferviente adorador del sistema capitalista, que entregó el mando sin pelear y vagó por el mundo despreciado, sufriendo el terror del arrepentimiento.

La novela alcanza su mejor momento a partir del capítulo XXIX, cuando le sale la garra al escritor, porque conmueve hasta las fibras más profundas. Dos personajes evalúan las consecuencias de lo vivido en el marco de la Guerra Fría, títeres de Washington o Moscú, y uno expresa: “Cuando nos dejan libres, lo hacemos todavía peor”.

La novela estereotipa a Guatemala como país manipulable por potencias extranjeras, gracias a la división interna. No tenemos murallas ni hace falta caballo de Troya para derrotarnos.