Martes 15 DE Octubre DE 2019
Opinión

Más gasto público, mismos resultados

Fecha de publicación: 21-09-19
Por: Editorial

La impotencia frente a la inercia del gasto público nos ha acostumbrado a ser poco exigentes respecto de la forma en que se usan nuestros impuestos. Con el paso del tiempo hemos aprendido que nada se logra con exigir calidad y efectividad en el gasto público. Esto es, exigir un impacto real que tiene sobre las condiciones de vida de los ciudadanos producto del dinero público que se gasta en nombre de la educación, seguridad, salud, etcétera. En ese orden de ideas, por ejemplo, no existe garantía alguna que los aumentos salariales y contrataciones adicionales que exigen los salubristas se vayan a transformar en mejores condiciones de salud para la población. Un aumento presupuestario que no significa nada en términos de mayor acceso o mejor calidad de los servicios de salud que recibe la población. Sin embargo, se espera que esta se regocije en las supuestas conquistas laborales del sindicalismo público y se conforme con el deficiente servicio que ofrecen.

Situación parecida a lo que sucede con la gran alharaca que se ha hecho alrededor que los niños asistirán más de 200 días a la escuela en el futuro próximo. Un importante logro, sin duda, de materializarse, dados los pobres indicadores previos; sin embargo, nada tiene que ver dicho indicador con el aprovechamiento educativo real que obtendrán los niños producto de la extensión de su estadía en la escuela. Cuestión, esta última, que depende críticamente de cosas, tan sencillas, como la presencia del docente en el aula de clase o, tan complejas, como la calidad del docente y de los materiales educativos. Insumos críticos en el proceso educativo que no están asegurados hoy en día.

Ante la galopante corrupción que carcome al sector público, es frecuente que nos demos por satisfechos con tan solo saber que los caudales públicos no serán malversados o despilfarrados, independientemente de qué tantos beneficios obtengamos producto de ese dinero. Una tendencia que se refuerza con la mala práctica dentro del sector público de enfatizar en los montos gastados, tal como sucede año con año con el presupuesto, y no el cambio en las condiciones de vida de quienes deberían verse beneficiados de dicho gasto.