Jueves 19 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Termina la pesadilla

Y el gigante está dormido.

Fecha de publicación: 22-08-19
Por: Edgar Gutiérrez

El martes 3 de septiembre habrá fiesta y tronazón de cohetes por el sur de la capital y alrededores. Por fin la CICIG se fue. Esa pesadilla insoportable que en cualquier momento podía aparecer en la puerta con órdenes de allanamiento y captura. 

Es imperdonable ese tratamiento inflexible de la justicia. Agravio, humillación e impotencia frente a la versión moderna de Los Intocables. No importaba en qué piso del edificio social se estuviese, había que someterse a la ley y exhibidos ante la opinión pública. Era atravesar lo más parecido a las etapas del duelo: de la negación a la ira, y a la depresión. Algunos negociaron y, los menos, aceptaron. 

No siempre fue así. La CICIG fue bienvenida, aunque incomodaba la asistencia externa. Para quienes manejan el verdadero poder, se perfilaba como una misión que contribuye a construir el Estado de derecho reforzando las relaciones con las elites tradicionales. Por tanto, cooptable.

Pero en 2009 el tratamiento del caso Rosenberg despertó sospechas. Una trama complejísima. La CICIG concluyó que Rosenberg había pagado indirectamente a los sicarios que lo mataron, quienes fueron contactados por el jefe de seguridad de sus primos, los Valdés Paiz (varios años presos), a quienes Rosenberg pidió salvarlo de un secuestrador (inexistente). A Rosenberg lo atormentaba el asesinato de su prometida en un operativo –ordenado por él– en el que solo tuvo que haber muerto el suegro, que se oponía al matrimonio. Fue un escándalo mundial. Rosenberg dejó un video: si usted está viendo esta grabación es porque Colom et al. mandaron matarme. La CICIG liberó de responsabilidad a Colom y otros funcionarios.

Después las aguas volvieron más o menos a su cauce. La CICIG cazaba criminales. Y llegó la primera demostración que cumpliría el designio de construir el Estado de derecho reforzando el vínculo con las elites tradicionales: Portillo preso y después apurando su extradición a EE. UU. El siguiente paso consistiría en quitar del camino a los nuevos ricos advenedizos y corruptos, contrabandistas y grandes financistas de campañas electorales que se cobraban con creces la factura haciendo negocios sucios con el Estado. Tomaban control de puertos, aeropuerto; se servían contratos millonarios para ejecutar obras inútiles y mal hechas.

Pero no ocurrió exactamente de esa manera. A partir de 2015 la CICIG arrancó una batida contra tirios y troyanos. Cayeron presidentes, ministros, altos directivos, diputados, empresarios emergentes, y también tradicionales. Fue un terremoto de gran escala. 

Cuando las elites tradicionales permitieron que sus representantes en el gobierno firmaran el acuerdo de la CICIG, es probable que no lo leyeron o leyeron mal. Para ellos los CIACS (el blanco de la CICIG) eran tenebrosos escuadrones de la muerte congelados en el tiempo. Pero los CIACS habían mutado y ciertas elites los empleaban o formaban nuevos. No solo mataban. Usaban corbata, hacían negocios, nombraban jueces y fiscales. En fin, capturaron el Estado.

A partir del 4 de septiembre, volverá ese estado de normalidad y se recuperará el tiempo perdido. Eso sí, ahora hay que cobrar venganza. Hay al menos tres sujetos –incluyéndome– que concibieron y soltaron el monstruo. Aunque en la lista han olvidado anotar al presidente Berger, que firmó el Acuerdo; los diputados que convirtieron en ley ese acuerdo, y los presidentes Colom, Pérez Molina y Morales que renovaron hasta ahora su mandato.

Al cabo, el 70 por ciento de la población que respalda a CICIG es un gigante otra vez dormido.