Miércoles 21 DE Agosto DE 2019
Opinión

La apasionante historia de Pedro el Grande de Rusia

Una ciudad que fue sitiada por casi 900 días.

Fecha de publicación: 14-08-19
Por: Gonzalo Asturias Montenegro

La historia de Pedro el Grande de Rusia es apasionante porque muestra el temple de un hombre decidido a realizar empresas gigantescas, que, en parte, logró en relativo poco tiempo. En 1696, el Zar Pedro I, más adelante conocido como El Grande, de incógnito, dentro de la llamada la Gran Embajada, viajó durante un año por varios países europeos, para conocer su cultura y sus adelantos, especialmente en la navegación.

Como comprobó que Rusia tenían criterios y costumbres aún medievales, Pedro decidió ingresarla al mundo moderno, y hacer de ella un país semejante a los más adelantados de Europa. Así, al volver, modernizó el Ejército, la administración pública e inclusive hizo que sus súbditos adoptarán las costumbres más refinadas de los países más adelantados de Europa, incluyendo el corte de la larga barba tradicional, y recortó también el poder de la Iglesia ortodoxa rusa.

En 1721, en la desembocadura del río Neva, en el golfo de Finlandia, mar Báltico, fundó una nueva capital para Rusia, San Petersburgo, que debería rivalizar con las mejores ciudades europeas, y cuyos palacios compitieran en belleza con Versalles. Para ello, Pedro llevó a su país a grandes arquitectos, urbanistas y artistas para realizar una tarea que los entusiasmó.

En la nueva Capital, se construyeron en piedra, en estilo barroco, palacios, mansiones, residencias, catedrales e iglesias todo de gran valor artístico. En el paisaje urbano, destacan las cúpulas doradas, de catedrales e iglesias ortodoxas rusas y de edificios civiles, en los que hay puertas de bronce, madera recubierta con láminas de oro, mármoles, columnas de malaquita y lapislázuli (piedras semipreciosas), mosaicos, y en los templos, muchos iconos de la Virgen María.

La iglesia de El Salvador sobre la sangre derramada tiene recubiertas las columnas y paredes (6 mil 560 metros cuadrados) de mosaicos de gran valor artístico y religioso. ¡En esa iglesia no hay un espacio sin decorar!

En el Palacio de Catalina, se me fue la respiración cuando entré a una estancia cuyas paredes eran de ámbar, una piedra semipreciosa que cuando se creó el salón tenía un precio del doble del oro. El reflejo de la luz en el ámbar producen un brillo impar. En el Palacio de Peterhof (que tiene 30 edificios y pabellones), en el largo jardín de entrada, hay más de cien esculturas doradas, que por gravedad lanzan agua, o que están junto a las fuentes, las que reciben al visitante que está atónito.

En el Palacio de Invierno, se aloja ahora el Hermitage, un museo y pinacoteca, que tiene varios millones de obras de arte, incluidas algunas de Leonardo, Miguel Ángel, Rafael, Tiziano, Tintoretto, Veronese, Murillo, Goya, Rubens, Renoir, Monet, Van Gogh, por citar algunos nombres de artistas de renombre. Con mi familia, pasé todo el día en el Museo del Hermitage (por cierto, era el día del cumpleaños de mi esposa, que tuvo ese gran regalo). Allí me quedé estupefacto cuando, en varios salones dedicados Rembrandt, encontré aquella pintura suya del Hijo Pródigo, que presenta al muchacho rapado (como en la época de la pintura ocurría con quienes estaban encarcelados), pues el joven había sido preso de su mal juicio y de sus bajas pasiones. Hasta el último momento, un diablillo negro trata de impedir que el joven abandone su vida disoluta. El padre le tiene puestas las manos en la espalda de su hijo que está de rodillas, pero para gran sorpresa, una mano es de varón y la otra de mujer, indicando que Dios es padre y madre a la vez. ¡Genial!

Durante la Segunda Guerra Mundial, para no dar de comer a tres millones de personas que habitaban San Petersburgo (en ese momento rebautizada por los soviéticos como Leningrado), durante casi 900 días, el Ejército nazi sitio la Ciudad, haciendo morir de hambre y frío a más de 700 mil personas, pues no había luz eléctrica ni más comida que la escasa que entraba a hurtadillas por el lago Ládoga. Durante el sitio, en muchas ocasiones durante el invierno, la temperatura llegó a 30 grados bajo cero. Al retirarse, el Ejército alemán quemó y destruyó parcialmente los palacios en los que estaba alojada la soldadesca. Después de la Segunda Guerra Mundial, los edificios han sido reconstruidos y restaurada su decoración (la tarea aún sigue), para que luzcan con el esplendor original.

Dentro del fuerte de San Pedro y San Pablo, se encuentra la Catedral del mismo nombre. Allí está enterrado Pedro El Grande. De pie, frente a sus restos, yo pensé que estaba ante quien logró modernizar a Rusia; quien transformó el Zarato en un Imperio, del que fue el primer Emperador; quien armó una gran marina de guerra y mercante, que, tras derrotar a Suecia, se adueñó de todo el comercio del mar Báltico; quien construyó San Petersburgo, como nueva capital rusa (una ciudad con muchas decoraciones en oro, canales, grandes jardines y parques con estatuas de bronce), que lo fue hasta que Lenín ordenó que Moscú volviera a ser la Capital.

Pero tengo también frente a mí al hombre que para lograrlo llevó a cientos de miles de siervos a construir la Ciudad, sin importarle que muchos murieran por lo inhóspito del lugar; al hombre que capturó, encarceló, torturó y mató a su propio hijo que habría conspirado contra él. Fue, pues, un emperador con grandes luces y con profundas sombras. Fue llamado el Grande por la obra que dejó, aunque físicamente también lo era porque medía más de dos metros de altura.

Ante los despojos de Pedro el Grande, emocionado, y a ratos turbado, medité un rato sobre el significado de la vida y de la muerte, sobre los éxitos y fracasos y las luchas personales de la vida; luego, me dije: Pedro, sic transit gloria mundi (así pasa la gloria del mundo). Y me retiré.

Cuando el avión levantó el vuelo pensé que todo aquello que llevaba en la retina era también gloria mundi, que me dejaba pasmado por su belleza. Aunque dejé la Ciudad, mi imaginación se quedó en San Petersburgo.

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