Lunes 16 DE Diciembre DE 2019
Opinión

Acuerdos comerciales y discurso de competitividad

“La estructura actual del arancel parece obedecer a factores estrictamente coyunturales y a la capacidad de lobby de los distintos sectores productivos. No se encuentra relación alguna entre la protección efectiva y la evolución de la productividad o la intensidad del empleo”. Carlos Caballero, La economía colombiana del siglo XX.

Fecha de publicación: 14-08-19
Por: Edgar Balsells

 

El discurso del libre comercio se volvió popular y alcanzó sonoridad política durante los tiempos de Alfonso Portillo, quien pregonaba a diestra y siniestra bajar aranceles hasta el piso para la importación de bienes de consumo diario y acabar así con los monopolios locales del pollo, la harina y demás.

El tema se volvió tan popular como la tirria antiinflacionaria de los ochenta y noventa que consolidó una política monetarista, que aún subsiste, que acusa al déficit fiscal como el causante de todos los males económicos. Y entonces, con la difusión de fantasmas superados en otros lares, los presupuestos públicos ajustados frenan la protección social y la importación indiscriminada desestimula la industria y la tecnología.

Como en el caso colombiano comentado supra, aquí el lobby de los más influyentes grupos agrícolas es el que empuja con el ánimo de alcanzar cuotas de exportación, al punto que incluso hemos azucarizado acuerdos. El más reciente es el signado con Taiwán: más cuota azucarera por aranceles cero a motocicletas, siendo que el negociazo de la importación de motos resulta ser un problema con muchas aristas sociales, que alcanzan hasta el desorden vial y el incremento de accidentes viales.

Sin inflación (por otras razones que conviene explicar en otra oportunidad), con divisas (que no provienen del todo de la exportación) y con cero aranceles, como se anticipa incluso en las metas del Ministerio de Economía para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el modelito apunta no solo al discurso de beneficiar al consumidor chapín, sino tener acceso a los satisfactores más sofisticados: como en los tiempos coloniales de los espejitos, se piensa así que el intercambio desigual de bienes agrícolas por industriales alcanzará para nuestro desarrollo interno. Marcado error.

El dilema este del intercambio desigual entre productos agrícolas por tecnología de punta en América Latina tiene casi siete décadas de sesuda discusión, y cada país lo ha venido enfrentando de diversas maneras, buscando esquemas de asociación con el mundo desarrollado. El paso más significativo, por ejemplo, que los países del sur han dado es el de la oficialización de relaciones diplomáticas con la China continental y la búsqueda de acuerdos de inversión e integración para buscar la transferencia tecnológica y el acceso a mercados.

El acuerdo logrado entre los países centroamericanos y Corea del Sur, bien nos muestra las grandes debilidades y la falta de liderazgo que persiste en la región: se contentan con firmar cualquier papel, buscando ventajas sectoriales agrícolas muy específicas en beneficio de productores agrícolas e importadores.

Esta fórmula es la causa del desbalance comercial estructural que enfrentamos. Nótese por ejemplo el amplio saldo deficitario de la balanza comercial guatemalteca, rellenado por las remesas que alimentan la denominada cuenta corriente de la balanza de pagos, y sostienen un tipo de cambio barato para importar y desestimulante para exportar.

Ningún acuerdo con Corea del Sur debiera aceptarse por parte de Guatemala si no se negocian cláusulas de inversión, que rebasen la clásica asistencia técnica y cooperación para proyectos de pobreza que no tienen el impacto deseado ni por asomo. Son tiempos de cuarta revolución industrial, de inteligencia artificial y demás, y de cierta protección selectiva para salvaguardar asimetrías. Nótese además cómo el presidente Trump está presto a un traslado masivo de subsidios agrícolas a través de sus agencias gubernamentales, incumpliendo los compromisos asumidos en la Ronda de Doha, que persiguió esa alegoría del libre comercio.