Viernes 22 DE Noviembre DE 2019
Opinión

Este pueblo no aguanta un chiste más

Independientemente del porqué y del cómo, Guatemala ya tiene un nuevo presidente.

Fecha de publicación: 13-08-19
Por: Estuardo Porras Zadik

 

Con una entelerida participación ciudadana del 42.5 por ciento, se proclama presidente electo al doctor Alejandro Giammattei. Su “victoria” se da con la segunda afluencia más baja de votantes en la historia democrática, desde 1985. Sin duda alguna no es el preferido de la mayoría, y, con seguridad, es otro gran beneficiario del repudio generalizado de la población guatemalteca por Sandra Torres. Todo indica que para esa minoría de votantes, Sandra Torres representaba el mal mayor. Como ya es costumbre en Guatemala, salimos en rescate del menos peor de los dos.

Yo no voté por ninguno de estos dos candidatos en la primera vuelta, y en la segunda tampoco lo hice. Por primera vez en casi 30 años que he ejercido mi derecho al voto, no me presté al juego de la elección de un candidato con el que no me identifico y con el cual no comulgo. Ya la historia nos pasó la factura por elegir al menos peor en repetidas ocasiones y las consecuencias están a la vista. Lamentablemente, en nuestro país hemos permitido que la política carezca de ideologías, lo que obliga a los ciudadanos a votar por la persona y sus allegados, y no por una institución con una ideología definida. Las únicas ideologías que sobreviven son las heredadas de la Guerra Fría, que se han convertido en instrumento de polarización para definir bandos. Los guatemaltecos estamos huérfanos de instituciones con ideologías definidas, a las que adherirse no tenga que ver con el candidato sino con lo que la institución representa. En los últimos tiempos, la retórica de estos personajes se ha limitado a definirse como conservador o liberal, a atacarse de comunistas o genocidas, a ser próvida o estar a favor del aborto, a promover la diversidad de género o a censurar el matrimonio gay, a ser pro-CICIG o anti-CICIG, entra tantas otras posturas populistas que sirven nada mas de imán para ganar adeptos.

Sin embargo, los temas trascendentales y medulares que un gobierno debiese de abordar han sido improvisados al estrenarse en el poder. En su gran mayoría, ninguno de los que han ejercido el cargo de presidente han poseído la capacidad, la solvencia y el equipo de trabajo necesarios para hacer gobierno. Es importante tener en consideración que no soy yo quien lo dice sino la historia. Llegan estos sin un plan, sin un equipo, con promesas imposibles de cumplir y con compromisos que los atan de manos. Hemos visto desfilar amigos y familiares del gobernante de turno en todos los gobiernos. Hemos sido testigos del robo esquematizado perpetrado por las redes criminales incrustadas dentro del Estado, independientemente del gobierno de turno. Cada cuatro años más de lo mismo, y cada cuatro años
cometemos el mismo error.

Ahora bien, independientemente del porqué y del cómo, Guatemala ya tiene un nuevo presidente. A este le tocará revivir al país que agoniza. El gobierno saliente del presidente Jimmy Morales –sin duda alguna el peor de toda la era democrática del país–, le permite al doctor Giammattei empezar de cero. Ni siquiera el gobierno del presidente Otto Pérez Molina, considerado el más corrupto de la historia reciente de Guatemala, atentó en contra de la institucionalidad como lo hizo el que ahora entregará el trono. El gobierno entrante se enfrenta a una polarización sin precedentes, a una institucionalidad inexistente, a una desgastada reputación internacional, a la lupa de la ciudadanía que espera se continúe con la lucha en contra de la corrupción y la impunidad, a una economía deprimida, a una relación tensa con el ahora incómodo vecino del norte por temas migratorios, a índices alarmantes de pobreza y pobreza extrema; en fin, a todas las consecuencias de la “comedia” que fue el gobierno de Jimmy Morales.

¡Suerte!, doctor Alejandro Giammattei. Cuente con el apoyo de la ciudadanía si decide usted trabajar por Guatemala, y, si no es así, aquí estará esta para recordarle lo que prometió y lo que no cumplió. Por ahora le deseo lo mejor y le ruego: sea el primero que no traicione a este pueblo que no aguanta un chiste más.